¿Cómo fue volver a traducir a Faruk?

 

Cuentos con mecanismo de relojería - Faruk Sehic

FICHA

Autor: Faruk Šehić

Traducción: Miguel Roán (Miguel Rodríguez Andreu)

Editorial: La Huerta Grande (enero 2020)

Venta: Adquisición

 

Autor: Miguel Roán

 

Cuando publiqué mi primera traducción de Faruk Šehić, pensé que sería una buena idea escribir un texto sobre el propio proceso personal de traducción. Está publicado en «Revista Balcanes”.

Había dos motivos. No solo era mi primera traducción de la obra de Šehić, también era la primera obra literaria que traducía, gracias a la escritora y directora de la editorial “La Huerta Grande”, Phil Camino, quien me dio aquella oportunidad tan inolvidable. Antes había hecho una traducción de un cuento del escritor croata Želimir Periš, pero no tenía ni la extensión ni la complejidad del texto de Šehić.

Podía haber algo de onanismo o pornografía en publicarlo, pero explorar en la propia condición de traductor puede ayudar a otros conocer mejor esta profesión y sus desafíos. Pensé que aquel texto podría incumbir a los lectores interesados en su obra, a otros traductores y a los seguidores, cada vez más numerosos, de la literatura balcánica. Luego, también pretendía releerme pasado unos años para reconocer las sensaciones primarias de aquel traductor novato que todavía no había logrado liberarse del síndrome de impostor.

Aquel texto, estaba dedicado a mi recorrido con «Las aguas tranquilas del Una», y estaba preñado de emociones, era pretencioso, y carecía del empaque y la solemnidad del traductor curtido. Había incluso una cierta traición en el mismo ejercicio de autoconciencia: la literatura balcánica tiende a prescindir de la extroversión cuando relampaguea sin iluminar nada (que pudo haber sido aquel caso).

Faruk Šehić es un excombatiente de guerra, escritor y poeta. Nada me parece más ajeno e insufrible que la guerra, y la poesía sigue siendo para mí un género desconocido. Accedo a ella, principalmente, través de referencias en la prosa, como si fuera un mero paladeo inesperado.

La poetisa y traductora premiada con el Princesa de Asturias, Anne Carson, decía en una entrevista que «Si la prosa es una casa, la poesía es alguien en llamas corriendo a través de ella». En Faruk se hace patente esta cita y esa es una de las dificultades mayores de su obra. Su traducción implica estar alerta, como si su prosa estuviera repleta de curvas y giros insospechados donde el sujeto puede convertirse de repente en planta, duende, androide o un sociópata alcohólico y obsceno. Su prosa suele provocar esos incendios. Cualquier estremecimiento puede llevarnos a agitaciones antagónicas en un solo pasaje, porque sabe muy bien que la luz brilla mćas cuando hay más oscuridad a su alrededor. Un ejemplo puede ser “Kapo”, de Aleksandar Tišma, novela traducida por Luis Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek, donde el virtuosismo del escritor serbio está repleto de trampas y esos giros impensados que se suceden en largas oraciones subordinadas. Faruk, poeta, igualmente, pero en versos cortos.

Faruk refleja una expresión muy balcánica donde los extremos de violencia y ternura lejos de ser una manifestación de excesos, es un reflejo de los estados del alma. Es la poesía el género que mejor condensa lo emocional y las paradojas contradictorias del ser humano, pero descodificar del bosnio al castellano esos impulsos artísticos se convierte en una ardua tarea. No es solo sintaxis, es un estado permanente de sospecha sobre las verdaderas intenciones comunicativas del autor, porque Šehić convierte en sujeto cualquier agente: plantas, piedras y sentimientos, y la perplejidad es una constante para los que le interpretamos. Es su atractiva dificultad.

«Cuentos con mecanismo de relojería» es una continuidad de «Las aguas tranquilas del Una» y «Bajo presión» (ahora en proceso de traducción), o, si se quiere, un camino entremedias entre ambas obras. Lo ideal es haber leído una de estas dos últimas antes de leer los cuentos. Su pasión por la naturaleza y por los seres vivos que la habitan, por aquellos que viven en armonía con el medio, que conocen los sonidos del bosque y del discurrir de las aguas, siempre son víctimas inocentes de un enemigo que se presenta en forma de amenaza: un pasado turbio, una agresión, el ruido de las bombas o el mero desajuste entre el medio ambiente, la modernidad avasalladora y la inagotable rapiña humana.

La obra de Šehić representa muy bien una bohemia consciente de su tragedia, porque vivió tiempos mejores, pero extremadamente realista en un escenario muy íntimo de fantasía, lírica y tétrica, que también muestran en su obra Ismail Kadaré, Goran Petrović o Gueorgui Gospodínov. Oscila entre una cultura cosmopolita conectada al mundo y su desubicación ante el etnocentrismo más tribal. Los pasajes más locales de herencia otomana, retranca balcánica y escenas de guerra de los 90, están salpicados de bed&breakfast, white trash, Carmina Burana, El Hobbit y una lata de Red Bull. Hay una proyección hacia el mundo desde un terruño que hunde sus raíces en los estratos más oscurantistas de la cultura balcánica, y que se extiende, por ejemplo, hasta Blade Runner o un paseo por un Berlín que es significa escape y fuga.

El apocalipsis, la distopia, el genocidio son realidades que no permiten florituras. Incluso en los párrafos más tiernos y afectivos que invitan a uno a soltar los correajes literarios, existe esa sombra larga de sobriedad que obliga a uno a sujetarse como si fuera un animal domado por la escritura. Y ese ejercicio es agotador si uno quiere transmitir algo a los lectores, porque incluso en la literatura más recia debe haber alguna melodía, un paso cambiado o una sincronía que haga bailar el texto, porque la ritma del bosnio y del español difieren y hay que marcar los pasos al lector, con un ritmo previsible entre tanto imprevisto.

En los Balcanes se estila una delicadeza oculta bajo las almas hastiadas por las turbulencias, decepciones y barbaridades de la transición. Rostros silenciosos, ariscos, rugientes que se expresan con ternura a través del arte, la poesía, las aficiones obsesivas con la que los locales aprenden idiomas exóticos, conocen las alineaciones de los equipos de fútbol o diseccionan el cine clásico desde una habitación alquilada en las afueras de Sarajevo, Belgrado o Zagreb. Hay un sentimiento local que la estética no descubre. No son experiencias que me pertenezcan, sino realidades que penetran en la propia conciencia cuando uno se expone a ellas.

Esas pasiones secretas conducen a uno de los mayores retos personal en la traducción de la obra Šehić. El escritor fija su literatura en elementos específicos de un área, el mundo de la pesca, de los personajes imaginarios, de los relojes, de la jerga militar, y uno tiene que descifrar ese lenguaje, incluso cuando la geografía y los localismos han dictaminado formas autóctonas sin traducción posible más que la que uno pueda recrear sin pies de página posibles. Pueden leer la traducción de Dubravka Sužnjević de “El cerco de la iglesia de la Santa Salvación”, de Goran Petrović, y el trabajo ingente que supone traducir todo ese repertorio de medievalismos sacados de diccionarios cubiertos de polvo.

Mis cuentos favoritos de la última obra de Faruk son «El retorno a la naturaleza» y «Greta». El primero porque representa una aspiración frustrada, la ideología del fatalismo local hecha historia de amor, con esos contrastes entre los parajes húmedos y esas vías oxidadas del tren que puedo rememorar por mi propia experiencia, como las que conducen desde Sarajevo a Mostar, junto al cañón del río Neretva. «Greta» porque era una historia familiar que conocía a través de los padres de Faruk. La paradoja es que ninguna de estos dos cuentos se encuentra entre los favoritas de los lectores, que suelen coincidir en otras. No he encontrado una explicación. La identificación parece condicionar las capacidades críticas del propio traductor. No sabes hasta qué punto te mimetizas con la obra. O no tienes otra opción que hacerla propia, con el desgaste de ser otro y no ser tú siéndolo. Ser invisible para el lector.

Siento algo de sonrojo por aquel texto de desnudez personal, y, sin embargo, la experiencia de una relectura tres años después ha sido una especie de revelación. Sobre cómo funciona el corazón cuando hacemos las cosas por primera vez. Uno puede sentir que Faruk pone el alma cuando escribe, que aparta a un lado las racionalidades que solo emergen para que el lector no pierda el hilo de su historia, como una persona en trance que vuelve a la conciencia para comunicarse con quien le acompaña. Tenemos la suerte de conocer esas impresiones y sentimientos tan puros, pero encriptados tras un idioma que solo necesita de traductores convencidos del inmenso arte local.

 

 

 

 

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