¿Qué implica la victoria de Trump para los Balcanes?
La victoria de Trump ofrece múltiples incertidumbres para los Balcanes, en términos de seguridad política y económica, sobre todo por el escenario de líderes fuertes que vive la región. Un segundo mandato permitirá al gobernante avanzar en su política respecto a la dirección del primer mandato, pero también la UE y países miembros tienen una oportunidad de corregir anteriores errores.

Contenidos
¿Nuevo orden o desorden mundial?
Después de la victoria de Trump, se puede especular sobre cuál será la estrategia de su administración en la zona y cuáles serán las consecuencias sobre el escenario local. La dinámica de su mandato anterior, antes de la Administración de Biden, ofrece pistas sobre sus fundamentos políticos en los Balcanes, pero con varias matizaciones. Ya tiene experiencia en los asuntos regionales, tiene más poder en la Casa Blanca, los Balcanes han vivido su propia evolución (también la UE) y Trump en su primer mandato se benefició de un orden internacional relativamente estable y ordenado que ya no es el mismo. Eso beneficiará a sus intereses globales, a riesgo de otras partes del mundo donde se producen fricciones y tensiones geopolíticas, como los Balcanes, por ejemplo.
Esto implica que Trump operará para cambiar los términos del orden mundial hacia unas relaciones internacionales más basadas en la soberanía estatal, más aislacionistas respecto a los organismos internacionales, principalmente regidas por liderazgos fuertes y con un devenir estratégico en constante improvisación.
Es de esperar, en cualquier caso, que los Balcanes no sean una prioridad para la Administración estadounidense en la primera parte de su mandato, aunque quiera sacar algún tipo de crédito de los Balcanes como legado político o como moneda de cambio en el tablero internacional en la última fase de su mandato.
El riesgo de seguridad
El mandato de Trump afectará a un eje central de la geopolítica balcánica: la seguridad. Su desinterés por la OTAN tendrá consecuencias relevantes sobre la región. No hay que ir muy lejos para recordar que el propio presidente serbio, Aleksandar Vučić, reconoce la importancia de la Alianza atlántica para crear un ámbito de seguridad en las negociaciones Belgrado-Pristina (aunque Serbia y Kosovo no sean miembros), o la contribución a la estabilidad soberana que aporta a un país como Bosnia y Herzegovina (que tampoco lo es), en un estado permanente de división étnica y disfuncionalidad estatal. Se puede llegar a señalar que la propia soberanía nacional de Macedonia del Norte o Montenegro depende más de la organización atlantista que de las relaciones de buena vecindad.
Es esperable, por tanto, que ante la detracción presupuestaria y diplomática que sufra la OTAN, los países miembros de la región incrementen sus gastos en defensa (ya están en esa dirección desde el comienzo de la guerra en Ucrania), así como Serbia y Bosnia y Herzegovina continuen fuera de la organización militar por la falta de incentivos geopolíticos y el rechazo de sus electorados serbios. El caso de Kosovo es diferente: la mayoría de su población está a favor del ingreso en la Alianza, pero la Administración Kurti mantiene relaciones tensas con la diplomacia trumpista heredadas de la etapa anterior y no está muy claro cómo el gobernante kosovar puede limar asperezas.
Agenda iliberal
La guerra en Ucrania supuso una reacción geopolítica de la UE en términos defensivos, provocando un nuevo ‘momentum’ para la ampliación europea. Esa ampliación depende, hasta cierto punto, del impulso liberal de Washington, y la tendencia anti-liberal que supone la victoria de Trump desinflará el impulso reformista de una élite donde Aleksandar Vučić (Serbia), Edi Rama (Albania), Hristijan Mickoski (Macedonia del Norte), Milorad Dodik (República Srpska – Bosnia y Herzegovina, sancionado por EE.UU.), Bakir Izetbegović (liderazgo bosníaco) o Dragan Čović (liderazgo bosnio-croata) no se sienten cómodos con una perspectiva sin incentivos claros o son abiertamente contrarios a la agenda liberal.
Es de esperar por tanto que aumenten los indicadores de autoritarismo y corrupción en la región, solo confrontados por una hipotética reacción de los países miembros de la UE, donde el liberalismo está en crisis, o de la ciudadanía local, que, de momento, parece improbable, después de los ciclos de protesta agotados durante la última década. De igual modo, los conflictos de naturaleza diplomática se incrementarán, probablemente también los discurso islamófobos, anti-inmigración y revisionistas, pero parece improbable que hagan estallar conflictos reales de vecindad, porque la élite actual se encuentra bien posicionada y se viene beneficiando de la corriente populista, autoritaria y conservadora que viene consolidándose desde la parálisis de la ampliación en 2014.
El escenario impredecible al que nos aboca la política trumpista impide saber cómo reaccionará Washington a una presencia creciente de China en la región, siempre tentadora para las élites autocráticas locales, reacias a los condicionantes europeos de Bruselas. Países del Este europeo, como Hungría, apuestan por la ampliación, pero sobre la base de una política iliberal que comulga bien con Pekín y ante la cual parece que la UE no tiene suficiente músculo político ni cohesión estratégica, como se ha hecho evidente en la falta de soluciones unificadas para Bosnia y Herzegovina o en las ayudas que presta Budapest a la República Srpska (BH) o Macedonia del Norte en contra de los intereses europeístas. Está por ver si EE.UU. consentirá este aumento de la influencia china en la zona, si la utilizará como moneda de cambio en otras latitudes o si la hará depender exclusivamente de la estrategia europea.
Próximo escenario
Se da por hecho, por parte de cada vez más especialistas, que la guerra en Ucrania se resolverá en contra de los intereses ucranianos, lo que permitirá a Moscú seguir siendo influyente en el espacio paneslavo regional. Con lo que el estado de ‘estabilidad inestable’ que viene dándose en los Balcanes permanecerá en términos similiares de acuerdo con la tendencia y la lógica actual. Serbia incrementará su influencia regional (aunque la propia Administración Biden ya había privilegiado a Belgrado por su apoyo económico y militar a Ucrania.), porque gente del aparato trumpista como Richard Grenell ha venido estrechando, si cabe más, los vínculos con Aleksandar Vučić, con lo que un posible acuerdo de reconocimiento kosovar se aleja o se resolvería en favor de Belgrado.
En cualquier caso, la influencia de Trump en la región también dependerá de la reacción de los países de la UE y de la propia UE. Existen lecciones aprendidas del anterior mandato trumpista y de la parálisis de la ampliación (2014-2019), con lo que el proyecto europeísta deberá volcarse en la zona, y no solo bajo planteamientos de seguridad estratégica, orientada a los liderazgos fuertes, sino en torno a un proyecto reformista realmente transformador y ambicioso que priorice el respeto al Estado de derecho, la colaboración política y económica regional y la transición tecnológica y energética. Solo si las clases dirigentes encuentran incentivos y la sociedad una política transformadora desde la UE entonces el trumpismo no será una proyección de crisis, sino una oportunidad para la autonomía política, económica y militar.