¿Por qué se desintegró Yugoslavia? 10 mitos y realidades

 

¿Por qué se desintegró Yugoslavia? 10 mitos y realidades

 

Introducción

Un fenómeno de esta naturaleza y de esta envergadura no sucede como consecuencia de un solo factor y, en el supuesto de que un factor sobresaliera sobre el resto, debe darse una coyuntura específica que lo posibilite. A continuación se ofrece una relación de razones que contribuyeron a desencadenar la fragmentación yugoslava, teniendo en cuenta dos elementos primordiales: 1) El primero es que no fue un proceso irreversible, es decir, podría haberse interrumpido y reconfigurado hasta en sus últimos instantes si hubiera habido voluntad política para ello y 2) que cada una de estas razones adquiere relevancia en su interacción con las demás, sustraídas de su contexto pierden trascendencia para el resultado final.

 

1. La constitución de 1974

El artículo 1 de la constitución de 1974 afirmaba que Yugoslavia era “una comunidad estatal de naciones voluntariamente unidas y sus repúblicas socialistas, así como dos provincias autónomas que son partes constituyentes de la República Socialista de Serbia”. Y el artículo 3 establecía que “las repúblicas socialistas son estados fundados en la soberanía del pueblo”.

A su vez todas las decisiones de la Asamblea de la Unión debían tomarse por unanimidad, lo que provocaba retrasos en la adopción de leyes o mismamente la parálisis institucional, por el derecho de veto que tenían atribuidas las repúblicas y las provincias autónomas que conformaban la Federación.

En realidad, detrás de este modelo estaba la voluntad de los legisladores de garantizar el principio de igualdad entre los pueblos y naciones de Yugoslavia.

La Federación tenía atribuida facultades de imposición institucional (art. 301-304), en aquellos casos en que no existía consenso entre repúblicas y provincias autónomas, por lo que al contrario de lo que se suele aducir, Yugoslavia no era una confederación, sino un sistema federal.

Por lo que la constitución de 1974 no determina el fin de Yugoslavia, sino que establece las condiciones para que las repúblicas actúen de manera autónoma pero también de manera limitada.

 

2. El derecho de autodeterminación y secesión

 El derecho a la secesión sólo se menciona en la parte introductoria de esta constitución, donde se establece que «las naciones de Yugoslavia, partiendo del derecho de cada nación a la autodeterminación, incluido el derecho a la secesión, sobre la base de su voluntad libremente expresada en la lucha común de todas las naciones y nacionalidades en la Guerra de Liberación Nacional y la Revolución Socialista, y de conformidad con sus aspiraciones históricas, conscientes de que una mayor consolidación de su hermandad y unidad es de interés común, se han unido, junto con las nacionalidades con las que viven, en una república federal de naciones y nacionalidades libres e iguales y han fundado una república federal socialista de comunidad de trabajadores –  la República Federativa Socialista de Yugoslavia». No obstante, en el articulado se estipula que las fronteras exteriores de Yugoslavia sólo pueden cambiarse con el consentimiento de todas las repúblicas (art. 5).

La fragmentación del estado encuentra su legitimación o deslegitimación legal en función del apartado constitucional que se quiera poner en valor, la introducción o el articulado, porque el texto no es concluyente.

 

3. La muerte de Tito

La muerte de Tito tuvo un fuerte impacto sobre la política nacional, porque eliminó una figura que hacía las veces de vertebrador del país, pero sobre todo de árbitro en las disputas entre repúblicas, en un sistema altamente competitivo, cuyas tensiones, durante los años 80, se agudizaron con la desaparición del mariscal.

Tito ostentaba la legitimidad que no tenía ninguna otra autoridad política o militar, no sólo para imponer su dirección estratégica, sino para purgar, censurar o reemplazar cargos. Una prueba de su relevancia fue su funeral: hasta la muerte del papa Juan Pablo II las honras fúnebres a Tito fueron las que más representantes extranjeros lograron reunir.

Su ausencia fue tan relevante que muchos sostienen que Yugoslavia todavía existiría hoy si hubiera muerto a finales de los 60, cuando surgió una nueva clase dirigente liberal, que terminó purgando, o después de la década de los 80, cuando era inevitable adoptar medidas impopulares y se necesitaba de un poder centralizado.

 

4. Falta de cohesión nacional

Pese a la idealización sobre el multietnicismo y la convivencia yugoslava, en realidad había una persistente diferencia étnica entre los grupos nacionales. Un dato bastante representativo es el de los matrimonios mixtos. A mediados de la década de 1980, el 12% de los matrimonios en el país se contrajeron entre personas de diferentes nacionalidades (yugoslavas), el 30 % en la provincia autónoma de Voivodina y el 17,5 % en la República de Croacia. Según el último censo étnico en el país, apenas un 5% de la población se declaraba yugoslava, aunque esta cifra iba en aumento en comparación a décadas anteriores.

Explicado de otra manera: los grupos nacionales continuaron en la lógica etnocéntrica que habían heredado de la experiencia imperial austro-húngara y otomana durante el siglo XIX (cuando emergieron los nacionalismos románticos) o de la Primera Yugoslavia, porque el estado perdió su legitimidad como entidad hegemónica y detentadora y generadora de identidad nacional. El debate entre unitaristas y separatistas existía, pero fue superado por la relevancia de la distinción étnica.

Al perder el comunismo su influencia en el continente europeo, y al estar Yugoslavia vinculada identitariamente al socialismo autogestionario, una vez la “identidad trabajadora” se vio mermada, afloraron como preminentes las identidades étnicas preexistentes y la vertebración social del estado se vio comprometida.

 

5. Crisis y desequilibrio económico

 La inflación se escapó de control en 1981 y alcanzó el 46%. Seguiría incrementándose y a principios de 1985 alcanzaría el 70%, para que ese año el desempleo ascendiera a más del 16%. Y con ello también el conflicto social iría en aumento.

Entre 1980 y 1988 el número de huelgas se incrementó, desde 253, con un total de 13.504 manifestantes, hasta 1851, con un total de 386.123 manifestantes. Pero las diferencias entre repúblicas agudizaban el problema.

La unificación de Yugoslavia reunió en un solo estado regiones con economías muy diversas. En 1952, el PIB per cápita en Eslovenia ascendía al 181,82% del promedio yugoslavo, mientras que en Kosovo esa cifra era del 46,51%. Serbia ocupaba un punto medio con un PIB per cápita del 101,97% de la media. Sin embargo, lejos de neutralizarse, con el paso de los años los datos reflejaban una mayor diferenciación inter-republicana. En 1989 el nivel de Eslovenia se situaba en el 196,80% del promedio estatal, Serbia mantenía una posición intermedia con 103,62%, pero Kosovo había caído al 25,66%.

No obstante, la deuda yugoslava exterior no era superior al de los países vecinos. Durante la presidencia de Ante Marković la inflación cayó del 56% en diciembre de 1989 al 2,4% en marzo de 1990, mientras que las reservas de oro se acercaban a la suma de la deuda externa del país. La diferencia radicaba, por un lado, en la incapacidad de la élite para imponer soluciones con perspectiva de estado y, por otro lado, que EE.UU. dejó de apoyar en los mismos términos que lo hacía durante la Guerra Fría.

Marković visitó la Casa Blanca en octubre de 1989, con la idea de rebajar las condiciones para mitigar los efectos de la deuda de 20.000 millones de dólares. Pero no lo logró. La crisis económica no explica la desaparición de Yugoslavia, sino su mala gestión.

 

6. Nacionalismos en conflicto

Los barómetros de opinión social yugoslava tenían centradas sus preocupaciones en la injusticia social o la burocratización. La mayoría de los encuestados rechazaba la cuestión nacional como algo de importancia: el 61% consideraban que era menos importante que la profesión, amigos, familia, pareja, posición de clase, género, orientación política y región. La nacionalidad se encontraba solo por encima del interés que había entre los yugoslavos por su deporte favorito y por la religión (Pantić, 1994). Si los nacionalismos adquirieron una capacidad de movilización fue debido a la reorientación que hicieron las clases dirigentes de los problemas sociales hacia una crítica al otro grupo social o república, especialmente entre Serbia y Eslovenia.

Los nacionalismos locales se retroalimentaban, tal como se desprende de la consecución entre la posición serbia, escrita por un grupo de académicos en el Memorándum SANU, en 1986, y la posición eslovena, desarrollada en el Programa nacional esloveno, publicado en 1987.

En otro nivel, hacia el año 90, una vez fueron convocadas elecciones en la ex Yugoslavia, las encuestas preelectorales en Eslovenia mostraron que el 52% de los eslovenos apoyaba la transformación de Yugoslavia en una confederación, el 28% apoyaba la independencia de Eslovenia y sólo el 8% apoyaba que Yugoslavia siguiera siendo una federación. Croacia mostró que el 51% los ciudadanos apoyaban una confederación, el 11% la independencia y el 27% una federación (Glaurdić, 2011).

Es decir, en términos de apuesta nacional las sociedades croata y eslovena no apostaban necesariamente por salirse de la Federación, al menos hasta las elecciones de 1990.

 

7. Celebraciones electorales

Los comicios electorales, durante 1990, al celebrarse de forma republicana socavaban la soberanía estatal, una vez desaparecía la legitimidad del centro político como órgano director de la política yugoslava. La razón de esta celebración es que tanto Eslovenia como Croacia se oponían a un escenario electoral donde Serbia hiciera valer, con su mayoría demográfica, sus intereses en el conjunto de la Federación, al ser un voto por ciudadano yugoslavo.

De igual modo, al organizarse los comicios en cada república la agenda programática no tenía ninguna perspectiva estatal, lo que impedía tener discursos que apelaran a una mayoría yugoslava, sino exclusivamente eslovena, croata o bosnia. Mientras que Eslovenia fue la primera en organizar los comicios, el 8 de abril de 1990, Serbia fue la última república en hacerlo, el 9 de diciembre de 1990.

 

8. Transformación de la coyuntura internacional

EE.UU. había apoyado con créditos y excelencia tecnológica y militar a Yugoslavia durante la Guerra Fría, mientras mantuvo una posición independiente respecto a la URSS. Tito había sabido sacar partido de estas relaciones, sin formar parte de la esfera de influencia estadounidense ni soviética, manteniendo los equilibrios diplomáticos entre ambos bloques.

Pero el colapso soviético invitó a Washington a desvalorar la posición geopolítica de Yugoslavia, y situarla en los mismos términos que países como Hungría, Checoslovaquia o Polonia, es decir sujeta a los requerimientos de reformas liberales, tanto políticas como económicas, si Belgrado quería mantener relaciones privilegiadas con EE.UU. La desaparición de la URSS hizo desaparecer la principal amenaza exterior que había tenido Yugoslavia, principalmente después de la invasión soviética de Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), y que mantenía cohesionado al país respecto a ese enemigo exterior.

Esto, en cualquier caso, no auguraba el fin de Yugoslavia, pero amenazaba un eje aglutinador del país: la seguridad colectiva, interiorizada por el enorme ejército de reservas yugoslavo educados en el titoísmo y en la autonomía nacional.

 

9. Variación de la posición de EE.UU.

Slobodan Milošević fue visto a partir de 1987, con ocasión de su liderazgo de la Liga Comunista de Serbia, como un reformista, una especie de Gorbachov balcánico. Así lo intuían en un inicio Jack Scanlan, el embajador estadounidense en Belgrado, o Lawrence Eagleburger, responsable de la formulación de políticas del Departamento de Estado sobre Yugoslavia, quienes habían trabado una buena amistad con el líder.

Sin embargo, desde una primera fase la CIA anunciaba sus reservas sobre la gestión de Milošević, a tenor de la inestabilidad que vivía la Federación y del talante intransigente del líder serbio con los otros agentes yugoslavos. Aunque al principio se impuso la opinión de la clase diplomática occidental sobre el terreno, esta valoración fue cambiando a partir de 1990, principalmente con las tensiones existentes entre las élites eslovena y serbia y el problema de seguridad que las políticas de Milošević estaban generando en Kosovo, especialmente tras observar las consecuencias de la restricción de la autonomía a Kosovo en 1989, la organización de “las marchas de la verdad” en Voivodina, Montenegro, Kosovo y la represión ejercida sobre la población albano-kosovar.

La posición de EE.UU. y Alemania (después de la unificación) iría evolucionando desde la defensa de la integridad territorial yugoslava al apoyo a Eslovenia y Croacia, básicamente porque Milošević dejó de ser un garante de estabilidad; y tampoco era un interlocutor válido para representar al conjunto del estado, dado el rechazo que generaba en una parte importante de la élite eslovena, croata o bosnia.

La asunción de Milošević de que la comunidad occidental siempre estaría de su parte fue acertada, pero sólo hasta mediados de 1990, porque EE.UU. no quería que una posible desintegración yugoslava fuera un modelo para la URSS. De hecho, esa seguridad afianzó las ambiciones de Milošević para controlar el conjunto de la Federación.

La visita de una delegación estadounidense de congresistas a Yugoslavia y Kosovo en agosto de 1990 invitó a la Administración Bush a reevaluar la situación, dada la inviabilidad funcional del estado, tras la ruptura de relaciones entre Liubliana y Belgrado en el 14 Congreso de la Liga Comunista de Yugoslavia (20-23 de enero de 1990). Por tanto, no existió una voluntad deliberada por parte de EE.UU. y de Alemania de terminar con Yugoslavia, sino que la propia disfuncionalidad estatal invitó a las potencias a cambiar sus estrategias según sus propios intereses, acordes con la realidad del terreno, entre otras cosas el impulso de una agenda liberal, reformista y pro-occidental eslovena y croata.

Para el año 1991, el Congreso estadounidense aprobaba la Ley de Asignaciones para Operaciones Extranjeras, con la que EE.UU. ponía fin a todas las formas de asistencia económica a Yugoslavia, debido «a un patrón sistemático de amplia violación de los derechos humanos». Más allá de ello, el Departamento de Estado cambió su política y antepuso la democratización del estado a preservar la unidad yugoslava. El Senado estadounidense lo reafirmaba el 18 de abril de 1991 en relación a Milošević: «se abstuvieran del uso de tácticas coercitivas y de fuerza contra los gobiernos no comunistas democráticamente elegidos»

 

10. Razones de estado incompatibles

El ascenso de Milošević al poder fue una forma de ruptura con el pasado, aunque la competitividad entre las élites continuaba siendo una realidad post-Tito. El líder serbio quería instrumentalizar el descontento de los serbo-kosovares para consolidar su poder en toda la Federación, en base a una mayoría serbia en el conjunto del Estado. Este plan se basaba en que existía una división entre sus opositores, tanto dentro de la propia Serbia como entre las élites del resto de repúblicas y que las potencias occidentales apoyarían su agenda reformista a la par que garantizarían la integridad territorial del país.

Sin embargo, Eslovenia en 1989, especialmente con la introducción de las enmiendas constitucionales que emancipaban su república de Yugoslavia, desligó su futuro de Belgrado. En lugar de intentar combatir la dinámica nacionalista en el conjunto de la Federación, Liubliana se sumó a ella en su propia república, instigando con ello a Croacia y a otras repúblicas a combatir al líder serbio en los mismos términos.

Milošević optó por una política de imposición, recurriendo a una posición autoritaria y a la movilización étnica, en contraposición a una política de consensos y equilibrios, dado que esos eran los únicos códigos realistas en una Federación descentralizada y sin un órgano central con suficiente poder político. El disenso ideológico entre la élite en Liubliana, volcada sobre su agenda liberal, democrática y proeuropea, y Belgrado, orientada a la centralización política, para mantener a los serbios en un solo país, quebró el sentido de estado y terminó con Yugoslavia.

Las sociedades eslovena y croata podían haber apostado por una perspectiva estatal para anular a Milošević, pero eso también implicaba poner en riesgo la propia autonomía republicana, que sus élites no estaban dispuestas a sacrificar ante el impulso centralista del líder serbio. Los diferentes sentidos de estado reflejaban, ante todo, una falta de confianza entre las élites.

 

Bibliografía

  • Pantić, Dragomir (1994) “A Review of Empirical Studies of Values in Yugoslavia.” pp.137 161 en Cross-Cultural Analysis of Values and Political Economy Issues, edited by Dan Voich Jr. and Lee P. Stepina. Westport, CT: Praeger Publishers; en Mandić, Danilo. “Making serbs: serbian nationalism and collective iden- tity, 1990-2000”
  • Glaurdić, Josip (2012) The Hour of Europe. Yale University Press, New Haven & London

 

Miguel Roán

Director de Balcanismos

 

Por qué se fragmentó Yugoslavia © 2024 by Miguel Roán is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 ¿Por qué se desintegró Yugoslavia? 10 mitos y realidades¿Por qué se desintegró Yugoslavia? 10 mitos y realidades

 

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