Desde el 1 de noviembre de 2024 hay protestas en Serbia. El momento de eclosión fue el 15 de marzo, pero se ha producido un nuevo momento de las protestas, donde los motivos nacionalistas han tomado protagonismo. Tiene una explicación.
Antecedentes
El 1 de noviembre de 2024 el derrumbe de la marquesina de la estación de trenes de Novi Sad mató a 16 personas. Valentina y Sara Firić fueron las víctimas más jóvenes, tenían 9 y 5 años respectivamente. Murieron junto a su abuelo, Đorđe Firić. Un clamor de justicia se extendió por el país.
La indignación popular fue inmensa y las autoridades reaccionaron mal y tarde. El derrumbe parecía tener una relación estrecha con la corrupción (malversación de fondos y ayudas oficiales mediante), pero las acusaciones se quedaron en el marco de la construcción irregular. Dimitió el ministro del ramo, fueron procesadas más de una decena de personas, y las autoridades intentaron mirar para otro lado.
A partir de aquí se generaría un ciclo de protestas que continúa hasta el día de hoy. La protesta se extendió a Belgrado, sobre todo a la universidad pública, y el Gobierno recurrió a una suerte de ejército paraestatal de seguidores del SNS (Srpska Napredna Stranka) y hooligans asalariados que procuraron amedrentar a los manifestantes. También recurrieron al periodismo pro-gubernamental, casi el panorama mediático al completo, para intentar desinflar las protestas.
La acometida del Ejecutivo se encontró con varios problemas: la indignación popular, la experiencia de los manifestantes en anteriores protestas (con interrupciones el país lleva movilizado desde 2016), la arrogancia de los saboteadores pro-gubernamentales que pecaron de arrogancia y calcularon mal sus fuerzas, la falta de credibilidad de los medios de comunicación y de sus rumores de injerencia extranjera (el recurso manido a una reedición de la «revolución de colores»), y un liderazgo líquido y difuso de estudiantes sin afinidades partidistas con una propuesta colorida de acciones de desobediencia, con una particularidad: que querían dominar el escenario fuera de Belgrado, básicamente conectando la capital serbia con el resto del país (marchas, bicicladas, maratones…). Esto fue radicalmente novedoso.

Hasta el 15 de marzo, cuando se organizó la mayor protesta de la historia, las protestas se movían principalmente en el marco de un discurso liberal (centrado en las víctimas, el abuso de poder, la situación de los estudios superiores, la corrupción, el bloqueo mediático, la celebración de comicios irregulares, la fuga de cerebros), pese a incluir entre sus filas segmentos nacionalistas de extrema derecha, veteranos de guerra, intelectuales conservadores….
Es decir, una movilización generalista con diferentes sensibilidades, repartida por diferentes ciudades, pero unida por su oposición a Aleksandar Vučić, presidente del Gobierno.
En ese sentido, se puede decir que, en cuanto a número, las protestas son mayoritarias, una vez Aleksandar Vučić controla el poder gracias a un 25% del electorado, pero también se puede decir que es una protesta débil y fragmentada como proyecto político e institucional, dadas las incompatibilidades ideológicas internas.
Materializar el poder político
Durante los dos últimos meses los manifestantes se han topado con ese dilema: transformar el enorme capital político-social en presencia institucional. Los estudiantes saben que, como en anteriores ocasiones, la oposición y sus luchas intestinas pueden echar a perder el objetivo político. Con esas reservas, más allá de las exigencias contra el Gobierno, no han existido representantes de prestigio, elegidos por la masa crítica, con los que el Gobierno pudiera negociar o institucionalizar el conflicto.
Mientras tanto, la represión por parte de las autoridades no ha hecho más que incrementarse: de una fase de vigilancia, espionaje y amenazas a los opositores se ha pasado a las detenciones indiscriminadas, incluso mediante policías sin identificación, con la vaga acusación de atentar contra el orden constitucional. Entre ellos profesores universitarios con buena reputación. Alguno ha terminado haciendo huelga de hambre.
El 28 de junio se celebró una nueva protesta en Belgrado, inferior en número a la del 15 de marzo, pero impresionante para ser las fechas veraniegas, que, como es habitual, vacían la ciudad por los planes de sol y playa o la casa del pueblo. La demanda principal de las protestas en Serbia es la celebración de elecciones.
Vučić se niega a celebrar elecciones y esto es extraño. Serbia junto con Bulgaria y Grecia han sido los países, durante los últimos años, con mayor número de elecciones extraordinarias, precisamente porque este ha sido el principal recurso de descabezamiento de la oposición. Lo que indica principalmente que las encuestas no favorecen al mandatario.
Se eligió como día de protesta una fecha clave en el calendario nacional, como San Vito, día conmemorativo de la batalla de Kosovo, cuando el imaginario local fecha la derrota contra el Ejército otomano en 1389; pero no solo eso, sino también es la fecha del asesinato del archiduque Francisco Fernando, de la expulsión de Yugoslavia de la Cominform o de la extradición de Slobodan Milošević al Tribunal de La Haya. No es una fecha cualquiera.
Los discursos de los oradores estuvieron cargados de referencias nacionalistas, como fueron los casos de las intervenciones del profesor Milo Lompar, de Momčilo Trajković, presidente del Foro Nacional Serbio y miembro de la Presidencia del Consejo Nacional Serbio de Kosovo, y de algunos veteranos de las guerras de los años 1990, y también de un estudiante, Nikola Marcetić (luego arrestado), que, a voz en grito, con una šajkača serbia, emulaba el retrato legendario de Dragutin Matić, soldado de la Primera Guerra Mundial.
En lo que a la estrategia de la movilización se refiere esto es un mal síntoma para la Serbia liberal, pero que supone una inercia conocida de anteriores movilizaciones: esto es que los núcleos más nacionalistas fagocitan el movimiento por arrojo, determinación y virulencia política, hasta que la masa se disgrega entre conatos de violencia, intoxicada y desmotivada por el eterno retorno del discurso nacionalista de los 90.
Pero hay una cosa que parece evidente: Vučić está perdiendo la capacidad de dominar el relato de derechas en el país, de movilizar el nacionalismo serbio, y esto es otro síntoma de debilidad política.
Aquí hay una cuestión de fondo. Parece que no hay ninguna fuerza política con aspiraciones de gobierno que pueda gobernar si se sale de ese guion nacionalista. Este guión se centra principalmente en la oposición al reconocimiento de Kosovo, la soberanía nacional ante las amenazas extranjeras, rechazar el ingreso de Serbia en la OTAN (o también mantener relaciones de amistad con Rusia) y la resistencia a la autocrítica por los crímenes con bandera serbia, como el genocidio de Srebrenica.
La oposición puede ser mayoritaria, pero en estos asuntos el liberalismo democrático serbio está divido o en minoría respecto a la corriente nacionalista y conservadora que existe fuera de Belgrado y donde el SNS tiene su principal fuente de votos.
Los medios de comunicación europeos y locales se han hecho eco de esta evolución y han expresado su preocupación por la deriva, pero esta se antoja como una vía inexorable en la construcción de una alternativa sólida de gobierno, porque es el ABCD con el que se ha venido vertebrando el país y la mayoría social en esta generación política.
Durante esta década, Vučić no se ha apartado de esta línea, pese a todo tipo de malabarismos diplomáticos. El elemento de cohesión de la sociedad serbia es paradójicamente su principal obstáculo para la renovación política e ideológica.
¿Nueva revolución?
No estamos en otro 5 de octubre, y en Serbia han cambiado muchas cosas desde entonces, aunque no todas. El cambio principal es el surgimiento de una nueva generación consciente de su responsabilidad política. Se encuentra liberada de los complejos del pasado, ha dejado de idealizar “Europa” y sabe que la UE no va a resolver los problemas del país (incluso Serbia se ha vuelto un espejo de las contradicciones de Bruselas al apoyar todos estos años Vučić).
Una visión honesta nos llevaría a reconocer que el origen de los problemas y corruptelas exceden al gobierno de Vučić; no tienen principio y fin en su gestión desde 2014: la corrupción rampante, los discursos etnocentristas, la afiliación partidista para el progreso profesional, las políticas clientelares, la centralización política en Belgrado, la concentración de poder político y económico, las conexiones estado-hooligans, la captura del estado o el control de los medios procede de una manera de entender la política que inauguró, si no antes, Slobodan Milošević, en el periodo 1987-1990, y que la revolución de octubre del año 2000 solo maquilló bajo el impulso antimilosevista; maneras de hacer política que el régimen actual no ha abandonado, sino que se ha encargado de sofisticar.
Dos factores internacionales son cruciales: los actores internacionales ven a Vučić como un factor de estabilidad, pero también de desestabilización regional (mientras no haya una alternativa de gobierno sólida); y el riesgo de que la debilidad política del Gobierno lleve a Serbia a intercambiar apoyo internacional por favores que perjudiquen los intereses de la población serbia.
A partir de aquí el escenario más probable es que Vučić aguante en el poder a costa de una enorme polarización y resentimiento social, pertrechado por el enorme aparato que alimenta a través de las redes clientelares, que, con las mismas, pueden traicionarle en cualquier momento si encuentran un mejor patrón. El problema permanecería latente si no se produce una renovación institucional.
Los últimos actos de las blokade en Belgrado y otras importantes ciudades serbias son un síntoma de la frustración, pero también de desgobierno. La legitimidad política del presidente parece en su punto más bajo, pero la falta de un proyecto conjunto de la oposición es evidente.
Las movilizaciones escalarán hacia un desorden o desobediencia civil aún mayor, con picos de violencia y represión, y sólo se encontrará una paz momentánea en la celebración de elecciones. Ahí la oposición podrá repartirse los papeles políticos que están por definirse, entre estudiantes de derechas e izquierdas, intelectuales progresistas y conservadores, gente de Belgrado y de fuera, y así un enorme etcétera de sensibilidades en la compleja sociedad serbia.
Sin embargo, el problema que afronta la sociedad serbia sobre el rumbo ideológico del país es todavía más serio, y sigue gravemente enquistado. Siguen operando las tendencias maximalistas del nacionalismo serbio, aparentemente útiles en esta fase para sustraerle el relato patriótico al Gobierno, pero contraproducentes para lograr apoyos regionales e internacionales, y, desde luego, ineficientes para abordar los motivos de la movilización, que nada tienen que ver con litigios del pasado, con mitos, leyendas o renaceres nacionales.
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