La casa del recuerdo y del olvido – Un relato sobre el mal como no imaginamos

La casa del recuerdo y el olvido

 

Autor: Filip David

Traductora: Patricia Pizarroso

Editorial: Automática

 

La novela La casa del recuerdo y el olvido representa una nueva forma de abordar el Holocausto y ponernos ante el espejo de nosotros: el espejo de la maldad.

La maldad es uno de las grandes incógnitas sin resolver de la humanidad. Puede surgir de la razón, pero también de la emoción. Puede también causar la muerte, miedo que nos acompaña a lo largo de toda la vida, porque nos arrebata lo más sagrado: el futuro, nuestras expectativas.

Siempre ha habido esa ansia por diseccionarla hasta entender su razón de ser. El médico y criminólogo Cesare Lombroso sostenía que el origen de la criminalidad estaba en unas causas físicas y biológicas que nos podían ayudar a predecir la pulsión criminal de un sujeto, porque la maldad era innata. Decía Terry Eagleton en su ensayo, Sobre el mal, que el mal nos parece más irracional conforme se manifiesta más gravemente.

En Modernidad y Holocausto, Zygmun Bauman nos da las claves psicológicas de la actitud de los guardias nazis, que custodiaban los campos de la muerte, hombres desafectos, también morbidos según el caso, pero también presas del seguidismo de los resortes del poder y de su propia moral débil. Primo Levi en Si esto es un hombre e Imre Kertész en Sin destino trazaron sendos relatos sobre la condición de víctimas que perduran desde su publicación como biblias del dolor, y en la película El hijo de Saúl de Láslzó Nemes nos guía como testigos de excepción de toda aquella crueldad.

La maldad y el Holocausto han sido materia de estudio en la literatura balcánica, desde Aleksandar Tišma, David Albahari, Daša Drndić a Danilo Kiš. En esas obras, el mal se evidencia como una reacción oscura, un comportamiento atávico, calculado o repentino, pero también se nos aparece como inevitable, como una fuerza externa que nos interpela y sobre la cual no tenemos una teoría científica que fundamente su existencia.

El Holocausto es uno de los cénit malvados de la civilización: fueron asesinados unos 17 millones de personas, de los cuales unos 6 millones eran judíos (la Rebelión de Tai Ping dicen que generó 50 millones de muertos, cifras superlativas de maldad). Pero no terminamos de conocer las claves de toda esa concentración colosal de maldad.

La interrogante no acaba de resolverse o tal vez la cuestión no esté bien fundada, porque la maldad no es otra cosa que una escala de valores con la que observamos la realidad, no una acción en sí. Se han desarrollado tesis sobre los fundamentos del mal, por ejemplo, desde la perspectiva del interés personal: en las situaciones de caos, el drama permite a algunos sectores de la población ascender en el ascensor social abusando de víctimas y discriminados.

Ahí hay un incentivo que seguramente instiga la mente estratégica de muchos perdedores, pero los casos de violencia gratuita permanecen vigentes, sin que encontremos una explicación convincente, y el que actuemos de forma malvada puede ser más un signo de cobardía que de maldad.

La obra de Filip David (Kragujevac, 1940), La casa del recuerdo y del olvido, excelentemente traducida por Patricia Pizarroso (con su prólogo), establece una aproximación inquietante: que mientras haya personas, habrá mal. El autor apela a la idea del sentido común colectivo, que no es más que un engaño que nos impide predecir el mal, porque nos desarma frente a la inesperada pasión maléfica, y esa era la obsesión del padre del protagonista de la obra, Albert Weiss: adelantarse al Holocausto para salvar a su familia.

Weiss terminaría tirado sobre la nieve después de que sus padres lograran sacarlo de uno de esos trenes de la muerte, junto a su hermano menor, Elijah. Weiss no encontrará a su hermano menor y a partir de ahí surge el trauma, pero también la búsqueda. En este sentido, predecir el mal puede ser identificar contextos que lo estimulan: crisis de valores, desigualdad, olvido del pasado… pero seguimos sin saber de dónde procede el mal gratuito, cuando surge sin necesidad ni contraprestación ninguna.

Una cuestión central es que «[n]ada de lo que ha sucedido en algún lugar desaparece, de una forma u otra todo permanece registrado para siempre». Y el dolor por la indefensión y humillación sufridas permanece instalado en el ser, por lo que el único antídoto es encontrar un sentido a esa experiencia traumática, algo que arroje luz a esa oscuridad interior en beneficio de la víctima y de la sociedad. («Qué es el mal como concepto, como pensamiento, como vida. Hay momentos, hay lugares donde casi se puede tocar, donde se siente su gélido aliento, donde se materializa. Pero nadie ha conseguido definirlo correctamente y con precisión»).

Filip David, investigador de la cábala y estudios judíos, parte de la tesis de que la ciencia y el misticismo están unidos, y que «la civilización proviene del choque de estos extremos». La idea es abrazar ese dolor porque qué sería de Weiss sin ese dolor profundo, que forma parte de la identidad de la víctima y lo necesita para continuar con su vida. Pero el libro no es una biografía del dolor, sino de muchos: historias trágicas que cada una por sí sola enerva, exaspera y habla de un padecimiento insoportable.

De hecho, aunque el Holocausto sea una experiencia colectiva y colectivizada, el libro tiene el mérito de llevarlo a lo particular y con ello provoca una identificación aún mayor sin el recurso del efectismo. Historias de degradación y miseria que estimulan un sentimiento muy elemental de injusticia. La dimensión del dolor es tan elevada que sabemos, desde la mera lectura, que ninguna de esas víctimas será nunca resarcida: («… cada uno de nosotros lleva su propio dolor, encerrado en las propias dudas, cada uno lleva su propia cruz, cada uno muere en completa soledad»).

David, como otros muchos de su generación que sufrió el Holocausto, cuando desapareció Yugoslavia, analizaron el presente sin entender por qué el mundo se desmoronaba de nuevo, cuando ni siquiera habían recibido una compensación por lo vivido medio siglo antes, durante la Segunda Guerra Mundial. Durante ese proceso volvieron sus miradas hacia atrás, como lo hicieron los nacionalistas cuando el socialismo se resquebraba, explorando en los orígenes de su propia identidad.

De ahí surge el estudio de las enseñanzas de Shabtai Zevi y el denominado pensamiento cósmico, que es una forma de ejercer el sentido de pertenencia, anclaje de cualquier individuo para estar en el mundo. El socialismo se había impuesto en las instituciones, pero no había conquistado las conciencias, tampoco el yugoslavismo lo había hecho con la mayoría de las identidades, que seguían vinculadas a sus procedencias étnicas.

La vuelta al pasado para entender el mal es una reacción intelectual natural, inspirada por la necesidad de seguir los hilos de nuestra propia existencia, cuando los nazis intentaron aniquilar a toda la población judía y cualquier legado al respecto y cuando la apuesta por el socialismo titoista también fue fallida.

Según el libro «[e]l mal es una especie de locura, una enfermedad, una desviación, una necesidad obsesiva de destrucción», y frente a ella hay que poner sobre la mesa la solidez de las trayectorias históricas. Frente a ese mal que parece ajeno a nuestro mundo, porque no hemos encontrado explicación a él, la mejor opción es un pensamiento cósmico que esté a la altura de la magnitud del crimen.

El que escribe estas líneas no comparte la tesis del libro (debemos seguir aspirando a entender el mal en su raíz comprobable social o psicológica, como buscar remedios asentados en la práctica médica, racional y emocional). Sin embargo, hay una poderosa moraleja humana. Tiene sentido en esa coyuntura viajar a mundos imaginarios para combatir el mal, con la defensa de la espiritualidad o el misticismo, para reivindicar a las víctimas del pasado, y nuestra conexión con ellas. Este es un ejercicio de salvación de nuestras propias almas, soberano y humano, que persigue confrontar la barbarie incomprensible (a falta de conquistar una verdadera razón del mal). En esto, el libro se vuelve tremendamente certero, por su sensibilidad, ternura y comprensión de la naturaleza humana.

Al fin y al cabo, como se desarrolla en el libro, ¿por qué los seres humanos destruyen puentes, vías de tren o carreteras que luego se tendrán que volver a construir para darles servicio? Esta estupidez nos muestra que estamos todavía lejos de la verdad, que la maldad sigue perteneciendo al ámbito de lo irracional. Mientras tanto tenemos derecho a soñar e imaginar, con más razón tienen ese derecho las víctimas cuando el mal destrozó sus vidas y no entienden a santo de qué.

 

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