Regresar a Montenegro

El cineasta Boris Kozlov rescata su viaje a Montenegro para describir las claves de su recorrido en familia hacia Herceg Novi, Tivat y Kotor. 

La ciencia del marketing genera visiones simplificadas de los destinos turísticos para que encajen en nuestras sobrecargadas vidas. Yucatán es sol y pirámides escalonadas; Islandia es géiseres y auroras boreales; Australia es la Ópera de Sidney y koalas, pero ¿y los Balcanes? ¿Cómo van a ser mis preciadas vacaciones en familia si decido ir a Montenegro? No parece claro. Quizás pensaréis que por el hecho de haber nacido en Belgrado y haber veraneado durante toda mi niñez en el Adriático lo tenía claro meridiano. Pues no, no era el caso. Y sin embargo, nos aventuramos.

Nuestras vacaciones empezaron un viernes en la Terminal 1 de Barajas. Puntuales, en algún momento entre las cuatro y las seis de la madrugada, mi mujer Elena y mis dos hijos pequeños, en una absurda cola zigzagueante de turistas muertos de sueño. Ninguno teníamos cara de selfie en ese momento, yo el que menos.

Cuatro horas más tarde, noto el avión virar y me despierto. Estamos a punto de aterrizar, maniobrando ya para enfilar a la pista. En mi ventanilla, Dubrovnik. Bajo los primeros rayos de sol sus majestuosas murallas y escalinatas, aún no se han despertado. Antaño inexpugnable baluarte defensivo en la misma frontera oriental de la cristiandad, ahora es una máquina turística de hacer dinero y más desde que la eligieron para ser “King’s Landing” en la serie Juego de Tronos.

Aeropuerto de Ćilipi. De la lata de sardinas todos en fila por la pista, bajo el cielo deslumbrante. Chicharras, pitido de turbina, operarios dando gritos, olor a keroseno y también a mar. Dalmacia en agosto. El aeropuerto se ve nuevo pero las costumbres no han cambiado. En los Balcanes solo los despistados y los guiris respetan los carteles de “no pasar”. Las puertas de salida son un caos de conductores que te invitan a llevarte, gente que espera a otra gente sujetando en alto el nombre escrito en un folio o en una tablet, abuelos que abrazan a sus nietos formando un atasco de carros y maletas. En la salida de la terminal hago contacto visual con uno de los conductores.

– Para ir a Debeli Breg ¿cuánto me cobras?

Hay tensión entre ellos: no está claro a quién le toca.

– Debeli Brieg, 70.
– ¿Euros?
– Sí.
– 70 euros es mucho. Me han dicho que son 30.
– Eso era antes, ahora son 70.

Silencio. Elena me pregunta qué pasa y le digo. No puedo evitar pensar que mi acento quizás no despierte simpatías aquí. Mis hijos no entienden qué pasa.

Minutos después viajamos hacia el sur, hacia la frontera de Montenegro. Vamos a pagar 70 euros por un viaje de quince kilómetros. El tipo pisa el acelerador innecesariamente. Pinos, cipreses, roca blanca, casas desperdigadas y muros de gasolineras en desuso. Aquí hubo lío en los noventa. Tiros. Mis hijos no saben. No asocian esto al horror de la guerra y el odio nacionalista. Siempre desagradable este pensamiento. Pasa la policía y el conductor da un frenazo para adecuar la velocidad al limite permitido. Enseguida vuelve a pisarle. Entran SMSs de tres o cuatro operadores de telefonía y recuerdo que enseguida se acaba el roaming europeo. Se acaba Europa.

Tenemos que parar porque hay una fila de coches detenidos frente a nosotros y gente caminando alrededor.

Qué pasa, pregunto.
– Yo no sigo más.
– Pero, ¿dónde está la frontera?
– Yo no voy a perder todo el día esperando aquí, os tenéis que bajar.

 

La frontera ni se ve. En Google Maps veo que hay un kilómetro y pico. El conductor ya tiene abierto el maletero y está sacando nuestras cosas. Discutimos pero no hay opción. El tío es chungo, hace esto todos los días. Minutos después estamos mi familia y yo en el asfalto, con nuestras maletas. Los niños con sus gorras puestas. Echamos a andar por el arcén y la gente nos mira al pasar. Parece que llevan horas allí parados. Caras de aburrimiento. Quejas y bostezos. Niños comiendo sandwich. Albaneses. Griegos. Turcos. El agobio de una pareja de austríacos en un Tesla Model X a punto de quedarse sin batería. Y nosotros cuatro avanzando, curva a curva, repecho a repecho, a pleno sol. Las ruedas de la maleta empiezan a fallar y noto como la camiseta se me pega a la espalda. ¿Somos turistas o refugiados? A simple vista, poca diferencia. Cada tanto pasa zumbando algún coche de alta gama con las lunas tintadas, adelantando a todos. Me encuentro gritándole a pleno pulmón a mi hijo para que vaya pegado al borde, no vaya a ser que le pille un imbécil de estos. Sigue sin ser un buen momento para la selfie.

Los guardias fronterizos en esta parte del mundo siempre ostentan un acting de chulesca peligrosidad a la hora de hacer su trabajo. Caminan lentamente con la barbilla alta y gesto severo, como púgiles oteando a un rival miserable. El instante en el que un guardia fronterizo agarra tu pasaporte, siempre me ha parecido un acto obsceno. Es como darle a alguien, a un canalla todopoderoso, tu libertad. Es un breve ritual, una prueba. Estás solo frente a la máquina. Si estás OK, pasas, pero si no, tienen listas sus armas de fuego, pastores alemanes y dependencias desconocidas y terribles. Años atrás he visto a guardias fronterizos húngaros hacer llorar a un padre de familia tras desmantelar su coche hasta el punto de desatornillar y sacar los asientos, con todo su equipaje tirado en la acera, su mujer y niños pequeños chillando de angustia.

 

Montenegro

Nos aproximamos así al paso fronterizo croata. Enrojecido y sudado como estaba, trato de recomponer la compostura y proyectar mi mejor pose de ciudadano europeo, digno y confiado. Le tiendo el abanico de cuatro pasaportes al guardia, preparado para lo peor. ¿España?, dice cuando los ve y sin cogerlos siquiera nos hace un gesto con la cabeza para que sigamos.

Quince minutos después hemos cruzado a Montenegro y ahí está, sonriente, Nenad, el chico de la agencia de alquiler de coches. Corre para ayudarnos con las maletas. Tiene para nosotros una botella de agua mineral fría y ha dejado el Renault Scenic arrancado con el aire acondicionado puesto. Me siento al volante, me pongo el cinturón, ajusto los espejos y veo a mis hijos sonrientes en el asiento de atrás. Elena y yo nos miramos, felices. Años más tarde nos habremos tirado los trastos pero en ese instante fuimos felices.

– Papá ¿y por qué no hemos alquilado un coche en Dubrovnik directamente?

Nos reímos. Es una pregunta obvia pero la respuesta no lo es tanto. La frontera de la Unión Europea que acabamos de cruzar marca una división en muchos aspectos: las compañías de alquiler no tienen convenios, el seguro de accidentes no te cubre… Las vistas interrumpen mi parlamento: Boka Kotorska (el Golfo de Kotor) se abre a nuestra derecha. Es un espectáculo, una postal en la retina. Uno se pregunta cómo es posible que todas esas montañas y todo ese mar quepa en un golpe de vista. No es de extrañar que este sitio fascinara a los hombres desde la época de los faraones. En esa lengua de mar guerrearon griegos y sarracenos, se asentaron familias patricias romanas y estrategas austro-húngaros levantaron sus fortificaciones de guerra. Hoy en día aquí aterrizan veraneantes de la región, familias que tienen casas y turistas de todo el mundo. En esta época de año todo el perímetro del golfo bulle de vida. Tres pequeñas ciudades, Herceg Novi, Tivat y Kotor, e infinitos pueblos y urbanizaciones forman un microcosmos al que ahora accedemos por la vieja Trans-Adriática, carretera de la era yugoslava que cruzaba el país de punta a punta, desde el lago Skadar en la frontera albanesa hasta la península de Istria en el norte, pegando con Italia.

Circular por aquí y mirar por la ventanilla es un espectáculo que no tiene precio. Es una mezcla salvaje de vitalidad y caos, belleza natural y feísmo arquitectónico, complejos vacacionales proyectados en la era comunista en ruinas pero aún en funcionamiento, un nuevo centro a todo lujo pegado a una estación de autobueses, cruceros que desembarcan turistas de mil en mil, aventureros en campers y bicicletas que se preparan para subir a las montañas, oligarcas que se divierten en sus obscenos yates en Porto Montenegro, puestos de sandías atendidos por niños, paisanos barrigones en bañador que cruzan la carretera con bombonas de butano colgadas de los dedos, un Lamborghini Aventador verde fluorescente atravesando una fuga de aguas fecales, gaviotas apareándose y una abuela centenaria que fuma Marlboro y lo ve pasar todo desde su ventana. No lo puedes procesar, simplemente te engulle, te arrastra. Los Balcanes son complicados.

El hambre aprieta pero más aprietan los niños pidiendo comer. Paramos en la Konoba Galeb, a pie de carretera. Hay que dar un volantazo de noventa grados y frenar en seco para no caer al mar y ya estás dentro del restaurante. Nos traen aceitunas negras y vino blanco local de los Viñedos Plantaže, normalito pero gélido. Sabe a gloria. La carta ofrece carnes, pescados y mariscos. Ordenamos calamares a la plancha, diez chevapi (taquitos de grill típicos en los Balcanes), ensalada de col dulce y ensalada caprese y de postre unas palačinkas, crepes con chocolate. (Precio total: unos 14 euros por comensal). Después de comer cruzamos una verja y nos bañamos en el mar. También se baña el cocinero y dueño del restaurante y la que posiblemente era su madre.

De vuelta en ruta, enfilamos hacia Kotor y en un punto nos desviamos montaña arriba. La carretera serpentea cada vez más. El coche se queja en las curvas y hay que meter primera, también esquivar autobuses que se encaraman descaradamente. El sol ya empieza a bajar. Atravesamos túneles sin acondicionar que parecen minas abandonadas. Seguimos subiendo más y más continente adentro y cuando el cielo ya se ha puesto rojo, tomamos un desvío, una carretera estrechita, apenas visible entre la maleza. La señal indica “Etno Selo Montenegro 4,3 Km”.

Avanzamos despacio por la llanura con las ventanillas bajadas. No hay nadie alrededor. El aire es fresco y fragante. Me recuerda al ambientador de pino que venden en las gasolineras y se lo digo a Elena. Nos reímos a carcajadas. Pasamos ante un extraño edificio abandonado con las ventanas ovaladas y una antena gigante, estilo guerra fría y bromeamos con que ese es nuestro alojamiento para la noche. A los niños no les hace gracia y dicen que tienen hambre, otra vez.

 

 

A lo lejos aparecen esparcidos por el prado unos tipis de vivos colores. Pronto descubrimos que son bungalows de madera puntiagudos, y es ahí, ya hemos llegado a nuestro destino, Etno Selo Montenegro. Apago el motor y el silencio nos impacta. No hay ruido, ni una gota y nos oímos la propia respiración. La senda de acceso atraviesa un jardín tan salvaje que más bien parece un bosque con butacas y bancos aquí y allá. Hay un pozo, un “ficha” (versión yugoslava del Seat 600) reconvertido en macetero. No hay un alma y está anocheciendo. Pasamos junto a un peñasco con el letrero “roca loca”, nos observan unos gatos y pienso que Alicia y el conejo blanco no pueden andar lejos. Al fondo, algo de luz eléctrica. Es la cabaña principal: una nave diáfana grande, estilo alpino atravesada por vigas de madera. Es un espacio agradable con mesas corridas, sofás, alfombras y chimenea. Hay huéspedes cenando ya, una pareja tomando vino y un grupo de amigos jugando a las cartas. La mujer que nos recibe es encantadora, dice que nos han estado esperando. Nos acomodan en una esquina y empiezan a sacar platos sin preguntarnos apenas nada. Embutidos y quesos blancos frescos y curados, milhojas de queso y espinacas, caldo y una cesta gigante de pan de pueblo. Hay como para doce comensales. Ahí sí nos hicimos una foto y dos.

Han traído una botella de medovača, el aguardiente local, y ya llevo tres chupitos. Los dueños pinchan clásicos de hoy y de siempre y arranca el temazo nacional de Eurovisión 1987. Una canción chacha, que lleva treinta años archivada en mi cerebro sin yo saberlo, “Ja sam za ples”. Vuelvo a tener diez años. Empiezo a darme cuenta de que estamos completamente rodeados de memorabilia yugoslavista: postales de destinos turísticos de antaño, discos de vinilo de Oliver Mandić, una guirnalda de banderas actualizada en los ochenta y el retrato del Mariscal. ¿Qué es este sitio? ¿Dónde estamos? ¿Son los Balcanes o los Dolomitas? ¿En qué siglo estamos? ¿Es verano o son las olimpiadas de invierno de Sarajevo ’84? ¿Cómo empiezo a explicar a mi familia lo extraño e irreal que me resulta todo esto? Mi hija me pregunta por qué estoy distraído. ¿Cómo contestarle sin freírles la cabeza? Pero si no a ellos, ¿a quién? Y si no ahora ¿cuándo? Salgo por la tangente con alguna broma, como siempre. Es hora de dormir. Dientes, pijama, cama, les recita su madre y nos vamos a nuestro bungalow.

Cuando se apaga la luz y nos quedamos a oscuras pienso que ha sido un error venir. Esto es demasiado. Es crudo, salvaje y caótico para una familia madrileña. Demasiadas emociones. Demasiada verdad sin refinar. Demasiados recuerdos.

Sería tanto más descansado veranear en cualquier otro lugar del planeta, en uno de esos destinos procesados para el relax y el descanso. Teníamos que haber ido a Cancún.

O quizás no. Quizás estamos dónde tenemos que estar.

 

Boris Kozlov

Twitter: @bkv999

 

 

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