Novo Brdo, el otro Kosovo multiétnico

 

Aunque pueda parecer increíble, no muy lejos de la capital de Kosovo, Pristina, hay un lugar con mucha relevancia histórica, donde todavía serbios y albaneses siguen viviendo lado a lado, desde hace muchos siglos, en una aparente armonía que es bastante difícil de encontrar en otros lugares en este país joven, pero con un pasado lleno de historia y recuerdos traumáticos.

Novo Brdo (que quiere decir Nueva Colina en español) es en primer lugar un viejo castillo situado en la cumbre de una montaña, a 1200 metros de altura, con una posición dominante, erigiéndose sobre la región de Anamorava (Kosovsko Pomoravlje, en serbio), donde en época medieval se encontraban las minas que producían más plata (y también oro) no solamente en los Balcanes, sino también a nivel europeo.

Dicho castillo fue fundado por el rey serbio Stefan UrošII, siendo parte de los dominios serbios durante mucho tiempo, pero su peculiaridad se debe al hecho de que sus habitantes, además de serbios, eran también dálmatas (procedentes de la Republica de Ragusa, la Dubrovnik de nuestros días, en Croacia), los cuales trajeron a Novo Brdo muchísimos mineros sajones alemanes (que venían pero de la región de Bohemia en la actual Republica Checa), especialistas en la extracción de los minerales preciosos que abundaban alrededor de Novo Brdo.

No faltaban seguramente los albaneses medievales, católicos y ortodoxos, mientras que había también una fuerte presencia judía en la zona, y las fuentes del periodo nos cuentan que los comerciantes venecianos llegaron hasta Novo Brdo para participar en el comercio de los minerales y las rutas comerciales que llegaban hasta el puerto de Durrës en Albania.

Novo Brdo sufrío dos duros asedios otomanos, y fue la última fortaleza en caer en manos enemigas en 1455, después de que todos los otros castillos y ciudades serbias se habían rendido a los turcos (incluida Smederevo, con la cual Novo Brdo tenía relaciones y vínculos muyestrechos).

Durante el dominio otomano, la importancia de las minas de Novo Brdo empieza a disminuir con el tiempo, y las continuas guerras entre austriacos y turcos, algunas epidemias devastadoras y la migración de la población hasta otras ciudades y regiones circunstantes, causan que el abandono de esta gloriosa y rica ciudad y su castillo medieval sea aún más evidente.

Hoy Novo Brdo es una comunidad rural donde la mayoría de la población es de nacionalidad y lengua serbia, aunque el nuevo Ayuntamiento de Novo Brdo, se encuentra a unos kilómetros del antiguo castillo, 500 metros más abajo, en el pueblo de Bostane.

El Ayuntamiento está en un edificio moderno, cerca de una iglesia de trescientos años de historia, “Presveta Bogorodica”, dedicada a La Virgen, la cual, según lo que nos dice el cura ortodoxo que se ocupa de su manutención y también de las almas de los fieles a su alrededor, fue construida en poco tiempo, después de que los habitantes locales, tuvieran que transportar las piedras de una antigua catedral situada frente al castillo de Novo Brdo en alta montaña, en solo tres días, para construir una nueva iglesia ortodoxa en la llanura, a causa de un ultimátum de los turcos.

Con el clérigo ortodoxo hablo tranquilamente en su idioma (aunque yo hablo la lengua croata, derivado moderno del idioma que una vez, en tiempos yugoslavos, se llamaba de serbocroata), pero conmigo están algunos albaneses locales (que forman una minoría de 35% de la población en este ayuntamiento), los cuales insistieron en llevarme a conocer esta iglesia y su pasado a través de la sabiduría y la mente abierta del cura serbio que siempre habla de la historia en común entre serbios y albaneses, acompañado por las miradas condescendientes de los albaneses que siguen con atención su discurso.

Más allá de Bostane, el pueblo de Prekovac (habitado por serbios) vive todavía de recuerdos, inmerso en un pasado florido, cuando la Cooperativa local (Zadruga, en serbio), ofrecía trabajo, buenas condiciones de vida, convivencia y bastante dinero a todos, albaneses y serbios, en los inolvidables tiempos de Josip Broz Tito.

No lejos de allí, todavía podemos visitar dos localidades (llamadas Nueva y Vieja Colonia) que en los años 70 y 80 del siglo pasado, fueron construidas para satisfacer las necesidades básicas de los mineros (siempre serbios y albaneses) que vivían ahí con sus familias (con escuelas, cines, restaurantes, hoteles, campos de futbol, oficina de correos y hospital).

Pero, en los años 90, y sobre todo con la guerra del 99, los mineros se marcharon, todo quedo arruinado y la vida desapareciócasi al instante, y ahora los edificios parecen más apropiados para el rodaje de alguna película apocalíptica.

Sin embargo, los habitantes locales se conmueven todavía cuando hablan de las minas y las cooperativas durante las décadas de la Federación Yugoslava, cuando sus sueldos eran infinitamente más altos que en la actualidad, cuando podían viajar por todo el mundo con el pasaporte yugoslavo, y cuando trabajaban y vivían juntos sin darse cuenta que dicha prosperidad no iba a durar para toda la eternidad.

El monasterio de Draganac, a 15 kilómetros de distancia, es un monasterio serbio medieval, destruido por los otomanos y reconstruido 400 años después, al final del siglo XIX, con una iglesia pintoresca y una infinidad de alberos que se erigen para darle protección, sin dejar penetrar el calor y el humo de Gjilan, la ciudad más cercana, donde los monjes nos cuentan que el agua milagroso de sus fuentes, en un pozo en la entrada del monasterio, es venerado de la misma manera por albaneses y serbios.

En los pies de la montaña donde está situado el castillo de Novo Brdo, viven solo albaneses, descendientes de los propietarios latifundistas que durante el último siglo de dominio otomano, residían en lo que quedaba de la antigua ciudad de Novo Brdo.

Hoy Novo Brdo cuenta con su vieja mezquita (bombardeada en la Primera Guerra Mundial por los búlgaros, mientras que los serbios se escondían en su interior), una tumba de un par de siglos de algún personaje local bastante eminente, con inscripciones otomanas y en alfabeto árabe, y la magnífica Catedral de Novo Brdo, en un cerro frente a la fortaleza medieval, con sus altas columnas y rodeada por una multitud de tumbas (donde están enterrados los habitantes muertos a millares por las plagas medievales).

Aunque albaneses y serbios no cesan de insistir que la Catedral fue católica (según la versión albanesa) y ortodoxa (según dicen los serbios), siguiendo una lógica típicamente balcánica, donde la religión se mezcla con los sentimientos nacionales, lo importante es que en Novo Brdo todos viven juntos, comercian juntos, trabajan juntos, comen y beben juntos, serbios y albaneses, y últimamente tratan de unificar sus esfuerzos en el desarrollo del turismo local en esta municipalidad.

Fue curioso descubrir, en el pueblo de Kllokoq, habitado por albaneses, cerca del castillo de Novo Brdo, que la escuela local, fue reconstruida hace algunos años, con la ayuda de la Cruz Roja Española, y esto queda todavía por escrito en la entrada de dicho edificio; y es muy importante que España haya llegado con su contribución humanitaria hasta este rincón lejano de Kosovo, a pesar de la cuestión del estatus de esta región.

En la proximidad de Novo Brdo, hay también una aldea donde viven los descendientes de unas familias que emigraron de la región y ciudad de Korça, en Albania, más de tres siglos antes (aldea que se llama Korčini, fundada en 1674, el año de su llegada), y siendo Korça el lugar de origen de mis antepasados, fue emocionante para mí, conocer a esta gente, los cuales, hablando serbio y siendo conscientes de su procedencia de Korça, constituyen un puente natural entre las dos comunidades y nuestras dos naciones.

Esta es Novo Brdo, tradición, historia y convivencia, la otra cara del Kosovo multiétnico.

 

ELVI SIDHERI, escritor y traductor multilingüe de Tirana, Albania

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