Marc Casals: «Sarajevo es la ciudad de mi vida, y eso no va a cambiar nunca»

 

Entrevista de César Campoy Pacheco, periodista y autor de ‘Sevdalinkas: 150 joyas del Sevdah’.

 

Su sueño de convertirse en intérprete oficial para las instituciones europeas acabó diluido en el inabarcable océano de la magia balcánica cuando, hace tres lustros, un viaje por los territorios de Yugoslavia inoculó, en lo más profundo de su alma, ese maravilloso, benigno y eterno veneno para el que no existe antídoto alguno. Inmediatamente, este gerundense, capaz de esconder su evidente espíritu inquieto en un velo de aparente serenidad, cambió la camisa de cuello blanco que tenía reservada para desembarcar en Bruselas por ese inconfundible chaleco oscuro que le acompaña allá donde va. Y adonde marchó para quedarse durante una década fue a la cautivadora Sarajevo. Desde allí ejerció su carrera como traductor, y allí comenzó a sentir la necesidad de compartir, con el resto de seres humanos, sus experiencias y conocimientos sobre la región. Lo ha hecho en plataformas como Revista Balcanes, EL PAÍS, El Orden Mundial o Ctxt.

Ahora publica La piedra permanece: Historias de Bosnia-Herzegovina (Libros del K.O., 2021), un sentido recorrido por el devenir, la cultura y la realidad de un país, a través de dieciséis historias de dignidad y resistencia, tan evocadoras como impactantes, con las que el lector, mientras trata de aceptar la complejidad de aquel rinconcito del mundo único, no tendrá más remedio que reír, llorar y soñar.

Tras varios años en Sofía y una estancia más breve en la localidad costera croata de Cavtat, decides recalar en Sarajevo, donde estableces tu hogar. Los que la conocemos sabemos que aquella ciudad es tan mágica, como, en ocasiones, tremendamente dura. ¿De qué elementos te fuiste recubriendo para tratar de superar la vertiente menos agradecida y bucólica de la capital?

-No me costó mucho, ni decidí protegerme. Aprendí a abrazar Sarajevo y Bosnia-Herzegovina con sus oscuridades. Tú que la conoces muy bien sabes que, al fin y al cabo, forman parte de esa realidad. También me he esforzado por representarlas en este libro, y no caer en la tentación de plantear un publirreportaje del estilo «qué bonita es Bosnia, qué bonita su naturaleza, qué agradable su gente». Estas afirmaciones son ciertas, pero nunca quise esconder esa otra parte, la de las oscuridades, los traumas, las angustias, el sufrimiento espiritual de muchos de sus habitantes. Por otra parte, mi posición siempre ha sido privilegiada, en el sentido de que soy un testigo de todo esto, y no un actor. Y si soy un actor en la medida en que me ha afectado, lo ha hecho un poco más por el hecho de haber escrito sobre ello. Para escribir sobre Srebrenica, el sitio de Sarajevo o los campos de concentración de Omarska, como, evidentemente, no lo he vivido, ni, afortunadamente, he vivido una guerra, la única forma de hacerlo con cierta veracidad era empaparme de testimonios, de documentales, de libros, y buscar toda la información que estuviera a mi alcance. Claro, cuando estás haciendo esto durante semanas uno no es de piedra, y esto termina afectándote emocionalmente. Es cierto que algunos amigos que me conocían de mucho antes me han comentado que notaban que mi carácter se había oscurecido un poco. Pero, bueno, tampoco tengo mucho derecho a quejarme.

Pero, de alguna manera, aprenderías a manejarte con ese posible entorno antipático…

-Claro. Cuando llegué a Sarajevo ya llevaba cierto entreno, sobre todo, de Sofía. Aprendí a no dejarme llevar. Por ejemplo, durante esos días en los que la presión atmosférica es muy baja. Hay una palabra en la zona que lo define: Meteoropatía. Es muy acusado cómo afectan al carácter esos días: estás mareado, te sientes medio debilucho, medio deprimido… Y aprendí, independientemente de cómo me sintiera, a hacer una vida lo más normal posible.

En todos estos años, ¿nunca te ha asaltado esa crítica pregunta de: «¿Qué pinto yo aquí?»?

-Nunca. En Sarajevo, nunca. Y pasé por circunstancias personales bastantes duras en las que lo más fácil hubiera sido marcharme. Siempre fue más fuerte el vínculo con la ciudad. Siempre tuve la sensación de que tenía que estar allí, de que era mi ciudad, en ese momento, y mi lugar en el mundo. Y si había que pagar un precio, lo pagué, y ya está.

Intuyo que, por diversos motivos, habrá quedado más de una historia en el tintero. ¿Qué elementos utilizaste a la hora de establecer esa selección, esos dieciséis relatos: sentimentales, periodísticos, humanos, prácticos…?

-Mi concepto, aunque no fue algo elaborado previamente, sino que se fue perfilando a medida que avanzaba la escritura, era contar, a través de pequeñas biografías de gente a la que conocía y admiraba y me parecía interesante, sus historias y, de paso, la historia de Bosnia-Herzegovina, su cultura, su mentalidad… Entrelazar lo macro y lo micro. Sí, en ese trayecto se cayeron unos cuantos esbozos, bien porque la historia personal no me parecía lo suficientemente potente, o porque no me permitía contar suficientes cosas en el ámbito general. En algún caso, también se cayó alguna por cuestiones personales. Una de las que no aparece en el libro, de hecho, a priori, se me antojaba muy interesante. Trataba sobre un hombre que, de adolescente, había sido soldado de la República Srpska. Había estado, calle por calle, en su barrio, luchando contra sus antiguos colegas, disparando de balcón a balcón cuando aparecía algún mando. Y, cuando este se iba, lo dejaban y se ponían a charlar. Sí, estos absurdos del tipo En tierra de nadie [Ničija zemlja, Danis Tanović, 2021]. Era todo muy sugestivo, pero llegó un punto en que vi que no se iba a abrir conmigo por la forma en que había decidido gestionar ese trauma. Lo respeté, por supuesto. Nunca quise forzar ninguna situación. Y también hubo algunas historias escritas que finalmente no aparecieron en el libro. Es curioso, pero este ejercicio me ha servido para darme cuenta de que hay personas que son más interesantes en papel que en la realidad, y viceversa.

Realmente, Sarajevo está repleto de seres interesantísimos. Me viene a la mente, sin ir más lejos, el popular camarero del restaurante Dva ribara, cuya biografía, seguro, daría mucho juego.

-Me lo planteé. Seguro que hay una historia muy interesante detrás. Mira que nos conocemos. ¿Sabes que me llama «Presidente», en español? [risas] Cuando en los bares te llaman «Presidente» tienes que comenzar a preocuparte un poco. Sí, es alguien sobre el que podría haber escrito, pero me moví por intuición, si la persona me impresionaba y me tocaba alguna tecla.

¿Hasta qué punto te planteaste establecer un mayor o menor grado de equidistancia, ya no sentimental, sino ideológica? De hecho, hay algunos mitos que te encargas de desmontar, tanto negativos como positivos.

-Creo que soy bastante abierto de miras a la hora de escuchar a la gente. Procuro escuchar sin imponer, de entrada, mi juicio sobre las cosas. Luego, hay algo propio de la naturaleza de Bosnia que es que a ti te cuentan una cosa, vas al pueblo de al lado, y te cuentan la contraria. Con eso te tienes que manejar. En ese sentido, este país es una escuela de escepticismo y de apertura de miras, de integración de elementos discordantes. Mi intención no era ofrecerle una línea ideológica o teórica al lector. Me hubiera parecido una falta de respeto. Tú sabes que uno de los rasgos fundamentales de Bosnia es que las realidades chocan, que te cuesta mucho llegar a una síntesis. Evidentemente, el lector perspicaz verá, claramente, en qué momentos me implico más emocionalmente, y dónde estoy yo con respecto a toda aquella realidad, pero yo quería dar un paso atrás, porque lo importante no es mi opinión sobre Bosnia, sino Bosnia, y la parte fundamental que yo quería reflejar de la experiencia bosnia es este entrecruzamiento, a veces choque, a veces ligazón de realidades, percepciones, tradiciones y culturas, y reproducir la misma sensación de perplejidad fascinante que yo he sentido. Que la viviera el lector. 

¿Te dejaste llevar por la autocensura en algún momento?

-Autocensura es una palabra muy fuerte. No sé. Vivimos en una época muy moralista, en la que uno no puede hablar de algo sin estamparlo, ahí, con su juicio. Escribiendo el libro me vino, de manera recurrente, una frase de El quadern gris, de Josep Pla, que dice: «Es mucho más fácil opinar que describir, en vista de lo cual, todo el mundo opina», aunque él no lo cumple mucho y se pasa toda la obra opinando. Vázquez Montalbán decía de Pla que era «un punto de vista con boina» [risas]. Y, como te decía, aunque él no lo cumplió mucho, yo lo intento aplicar.

¿Le diste muchas vueltas al riesgo, en ocasiones, de llegar a parecer políticamente incorrecto? Por ejemplo, incluyes una cita de Peter Handke, un escritor que despierta sentimientos muy enfrentados en la región.

-No se trata de una provocación. Simplemente, me parecía una cita adecuada a la historia. La repetición [1986] es una novela que se sustenta en el contraste fronterizo entre el sur de Austria y Eslovenia, entre la Europa occidental y los Balcanes. Me parece una gran novela, que está escrita mucho tiempo antes de que a Handke le concedieran el Nobel y de que se posicionara tan claramente. Cuando le dieron el Nobel publiqué un artículo, en Ctxt, de 3.000 palabras, en las que digo claramente lo que opino en torno al tema, y en las que trato de entender cómo pudo acabar convirtiéndose en un vocero barato del nacionalismo serbio. La piedra permanece no tiene un ánimo provocador; tiene un ánimo complicador, en el sentido de que pretende poner al lector en posiciones, moralmente, un poco incómodas, que son las mismas que yo, vitalmente, me he encontrado. Ese: «¿Por qué me cae bien este tío, si no debería caerme bien?».

Foto: César Campoy Pacheco

Me gustaría que habláramos sobre esa disyuntiva del expatriado, que ha acabado por convertirse en otro tópico: sentirse extraño, tanto en tu lugar de nacimiento, como en el que te acogió. Tras todos estos años, ¿te consideras un sarajevita más, o eres consciente de que no eres más que un extranjero que, eso sí, ha sabido mimetizarse de una manera importantísima con la sociedad y la cultura que le rodea? 

-Nunca he vivido eso como algo dramático. Sí que existe esa sensación cuando retornas, pero mi trabajo como traductor me ha permitido regresar a Cataluña con cierta frecuencia. Es cierto que te das cuenta de que estás, hasta cierto punto, desconectado de la realidad. Y, sí, allí eres un extranjero. Yo nunca he pretendido mimetizarme, ni decir que soy bosnio. Se habla muy poco de esto, pero una de las cosas de las que te das cuenta cuando vives mucho tiempo en el extranjero, porque existe mucho ese discurso del cosmopolita, del ciudadano del mundo y del «donde yo esté a gusto es mi casa», al menos en mi caso, es de hasta qué punto estás marcado por tu cultura. Y nunca he intentado liberarme de eso. Sí, hablo el idioma, entiendo el humor, entiendo la mentalidad, pero no soy bosnio, ni lo pretendo. Sería ridículo por mi parte. Pero, en cambio, mi posición sí que es buena para escribir, porque hay un punto de distancia, que no de objetividad, que está bien, que te hace ver algunas cosas en las que ellos tienen ángulos ciegos. Y, por supuesto, al revés: hay elementos que ellos sí ven, y que yo nunca apreciaré.

¿Prima la ventaja o el inconveniente?

-Esa realidad hace que mi posición sea muy adecuada para hablar con ellos y que me cuenten sus cosas. Por una parte, no hay problema de comunicación, porque, como ya he comentado, hablo el idioma con fluidez. Por otra, cuando ellos me contaban sus cosas sabían que, por el hecho de ser extranjero, no había ningún juicio por mi parte. Tan solo les estaba escuchando como persona cercana a ellos, que les quería y se interesaba por ellos. Si hubiese sido bosnio, hubieran estado calibrando lo que yo pudiera pensar.

Uno de los elementos culturales que más llama la atención de la forma de ser bosnio-herzegovina tiene que ver con ese humor, con retranca, tan peculiar, tan negro, tan berlanguiano, en ocasiones. Tú libro está repleto de ejemplos. Siempre se ha justificado su uso como una suerte de mecanismo de defensa, pero intuyo que hay algo más detrás de esa filosofía. ¿Qué crees que puede ser? No todas las culturas y sociedades están capacitadas para, ante la adversidad, tirar de ese recurso, o de reírse de sus desgracias.

-Es algo bastante común en el sur de Europa. O en la cultura judía. En la sociedad bosnia es algo ya presente mucho antes de la guerra. Es algo que va en el trato. A mí me costó, al principio de estar en Sarajevo, entender que, cuando te encontrabas con alguien en la Ferhadija, la calle principal, y te preguntaba: «¿Qué hay de nuevo?», no estaba esperando una respuesta sesuda y razonada, sino que soltaras una humorada rápida de estas, y cada uno por su camino. Allí se valora mucho, culturalmente, la capacidad de ser ligero, y la capacidad de decir cosas pesadas a través de la ligereza. Hay una expresión que, literalmente, vendría a ser «a través de la broma»: «Kroz šalu». Tal vez sea, precisamente, para contrarrestar la pesadez de la historia. Es curioso que mucha gente me pregunta sobre lo del humor, y yo no era consciente de que hubiera tanto en mi libro.

No creas. Personalmente, consideraba que se trataba de un recurso que habías establecido a la hora de rebajar la tensión.

-Te aseguro que no hubo una estrategia narrativa deliberada. Creo que hay muy poco humor en comparación con el que hay en Bosnia. Posiblemente tenga algunas cosas tan asimiladas, que ya no sea capaz de verlas. Sin ir más lejos, a los pocos meses de vivir allí ya no reparaba en las marcas de metralla de los edificios. Bueno, dicen que a los corresponsables los cambian de destino cada pocos años porque dejan de tener esa visión externa.

Foto: Ana Schulz

Tres décadas después, y cuando alguien menciona Bosnia-Herzegovina, la palabra «guerra» apenas tarda en aparecer en escena. Es como si un holandés, a finales de los sesenta del siglo XX, hubiera pronunciado la palabra «España», y el primer referente posible hubiera sido «Guerra Civil». ¿Por qué sigue sucediendo esto?

-Sobre todo en la cultura anglosajona, hay muchos campos de la investigación y del periodismo que, hoy en día, siguen analizando a España desde el prisma de la Guerra Civil.

Sí, pero se trata de ambientes más intelectualizados.

-Sí. No sé. Siempre he tenido la impresión de que España fue los Balcanes, décadas antes de lo que sucedió en la región, en el sentido de que la Guerra Civil impactó mucho en el extranjero, y convirtió a España en un lugar de tragedia pero, a la vez, como en un lugar de verdad, y generó una serie de obras literarias a nivel internacional, que creo que siguen activas, aunque aquí no nos demos cuenta. Respecto a Bosnia, de repente, toda esta disolución de Yugoslavia llega en un contexto especial. Sabes que no estaba en el bloque del Este, que era un país no alineado, pero existía la percepción de que era un país comunista. Es una parte de Europa con la que había una desconexión histórica de más de 45 años, más la desconexión por su contacto con el Imperio otomano. Excluyendo algunos aventureros que viajaron por allí, poco se sabía de ella, y poco se ha sabido después, más que por la guerra. En resumidas cuentas, pienso que hay una parte de desconocimiento, justificado por la situación geopolítica, y otra parte que surge de este limbo posbélico que vive el país. Si hubiese una situación más resuelta, a lo mejor estaríamos hablando de las montañas o de los ríos, o de culturas. Pero no, tenemos que hablar de esto porque no está resuelto.

En torno a este asunto recurrente, en el capítulo dedicado a Nihad planteas uno de los dilemas que acucia a parte de los artistas bosnios de las últimas generaciones: qué importancia darle a la guerra en sus creaciones, teniendo en cuenta el posible riesgo de que acabe monopolizando sus obras. Esta pátina también está presente en la mayoría de escritos, sobre el país, publicados por artistas foráneos. Apenas los hay que no hagan referencia, de manera directa o indirecta, a la contienda. En tu caso, y teniendo en cuenta las características de tu relato, ¿cómo afrontaste esta disyuntiva?

-El párrafo sobre Nihad, luego me di cuenta de que no solo se refería a él, sino que era, un poco, mi visión del asunto. Cualquier libro sobre Bosnia que no mencione la guerra es un publirreportaje. No se entiende lo de no mencionar al elefante sobre el sofá. Acaba siendo una frivolidad, aunque haya buenas intenciones. No tiene sentido ignorar la realidad, ni la va a cambiar. Cuando uno escribe sobre el país, una de las primeras cosas que se plantea es qué va a hacer con la guerra, sin duda, una de las experiencias colectivas más trágicas que puede vivir el ser humano. En mi caso, pensé que el papel de la guerra debía ser el mismo que tenía en mi cotidianeidad. En primer lugar, algo que ha partido la vida de la gente. Muchos bosnios suelen decir que han vivido tres vidas: una antes de la guerra, una durante la guerra, y otra después de la guerra. No quise darle un papel protagonista, y creo que, de manera natural, establecí un equilibrio. Siempre me ha molestado aquello de que los bosnios existen, solo, en la medida en que son víctimas de guerra. No los he visto nunca así, porque no son así. De hecho, la pelea de sus vidas no tiene que ver con ser víctimas y superar la guerra. Y tuve muy claro que, si ellos están peleando por trascender esto, había que contarlo.

Formas parte de esa generación de balcanófilos surgida, sobre todo, a partir de la segunda década del siglo, y que en España posee destacada y, cada vez, más numerosa representación. ¿Por qué crees que, en los últimos lustros, el elemento balcánico, en general, y el yugoslavo, en particular, han ido ganando tantos adeptos?

-No lo sé. Yo me fui a vivir a Bulgaria en 2005, estaba metido en mis cosas, investigando, y me encontraba bastante aislado. Al poco tiempo vi una lista de correo en la que estabais gente como tú, [Francisco] Veiga, [Miguel] Roán… y me suscribí. Y ahí ya se publicaba alguna cosa. Y, en esa época, había poco más. Es cierto que existía una generación integrada por gente como Alfonso Armada, Gervasio Sánchez, Ramón Lobo, Pérez-Reverte, Ángela Rodicio… que venía de desarrollar su trabajo como corresponsal en las guerras yugoslavas, pero no tan relacionada con ese conocimiento tan singular del contexto cultural del país. Luego hubo libros de Veiga, Carlos Taibo…

Y, no olvidemos uno de los primeros, al poco de iniciarse los conflictos: aquel La venganza de la historia, de Hermann Tertsch…

-Correcto, que escribía para EL PAÍS como corresponsal. Espero no ofender a nadie, pero desde toda aquella hornada, hasta los libros de Miguel Roán, no recuerdo haber encontrado muchas más cosas. Sí es cierto que incluso se ha creado cierto concepto de grupo por parte de casi toda esta generación que tenemos todo aquello en común, que conocemos la zona, que hemos viajado mucho o vivido allí. Y el interés ha ido creciendo en los últimos años. Recuerdo presentar el Maratón balcánico [Caballo de Troya, 2018] de Miguel, en Barcelona, y creo que fue la primera vez que me di cuenta de que había un público creciente. Evidentemente, las redes sociales han jugado un papel fundamental. Hay una cosa que favorece bastante este fenómeno, y es que, para muchas de estas personas, las guerras de los Balcanes fueron muy impactantes. A mí se me ha acercado bastante gente, en las presentaciones, y me ha comentado que estas guerras, para su generación, fueron definitorias.

La cobertura que se ofreció a este proceso de descomposición de Yugoslavia, intuyo que, también, debido a su proximidad con las principales capitales europeas, fue brutal.

-Claro. Esta y la del Golfo fueron las primeras guerras mediáticas. Eso tiene un peso. Y, como te comentaba, ahí están, también, las redes sociales, que te permiten ir montando un discurso articulado sobre un tema y te facilitan ir estableciendo una red de gente interesada en ese tema en concreto. Por otra parte, los Balcanes están cerca, y cada vez viaja hasta allí más gente. Y mucha de ella se fascina, y comienza a interesarse por el tema. Creo que, hoy por hoy, ese colectivo tiene unas dimensiones asumibles. Y hay una cosa que me gustaría resaltar con respecto a este grupo de gente interesada por los Balcanes de la que estamos hablando, y es que no hay grandes disensiones. Pienso que es importante que no haya sectarismos porque, si el sectarismo, dentro de tu nación, ya es una ridiculez, con naciones ajenas es estúpido.

Al hilo de este tema, ¿existe cierto punto de paternalismo, por parte de esta corriente de la que hablamos, a la hora de abordar las cuestiones que afectan a la región? De hecho, seguro que, en esta conversación, acabaremos cayendo en ese vicio.

-Pienso que menos que en otras generaciones. Esa sospecha siempre existe: la del extranjero escribiendo sobre una realidad ajena. Bueno, en ese aspecto soy juez y parte, pero también hemos de tener en cuenta que los balcánicos han escrito sobre España. A raíz del capítulo sobre Gojko, de Trebinje, estuve leyendo bastante sobre Jovan Dučić, que fue diplomático yugoslavo en España y tiene libros enteros escritos sobre España y sus diferentes pueblos. Es decir, que los balcánicos también han escrito libros de viajes, y no todo es un dispositivo colonial de dominación. ¿Qué sería de la historiografía española sin los autores ingleses? Creo, firmemente, en este cruce de miradas. Simplemente se trata de una fascinación sobre ese lugar distinto, al cual quieres entender, y cuya realidad quieres compartir con los otros. ¿Paternalismo? Muy necio tendría que ser yo para ejercerlo durante quince años.

Foto: César Campoy Pacheco

Posiblemente exagere, pero podría entender que un habitante de Bosnia-Herzegovina se indignara y, evidentemente, este no es el caso de La piedra permanece, al ver cómo desde ciertos medios y tribunas políticas se habla de ellos como si no existieran. Como dando por sentado que seremos, el resto, quien se encargará de solucionar sus problemas, porque no son capaces de sacarse las castañas del fuego por sí mismos.

-El bosnio es muy cínico con respecto a los internacionales, y tiene toda la razón para serlo. Llevan 30 años de internacionales, presentes allí, cobrando sueldazos y pegándose la gran vida. Sarajevo es pequeña, y ellos ven la vida que llevan los internacionales, los restaurantes que frecuentan, cómo se van a esquiar a Jahorina y a Bjelašnica… He perdido la cuenta de las veces que gente que conozco me ha dicho que los internacionales no están allí para ayudar a los bosnios, sino para ayudarse a ellos mismos. ¿Hay gente que hace cosas? Sí, pero la mayoría de esas organizaciones son grandísimas moles burocráticas cuya primera misión es su propia perpetuación. Respecto a esto, los bosnios están muy desengañados, y no creo que esperen mucho de actores externos. Los que me conocen, pienso que sabrán que he hecho un buen trabajo. De quien no me conoce allí no espero que me tome muy en serio, porque hay foráneos que llevan décadas escribiendo cosas absolutamente estereotipadas y superficiales.

¿Es posible encontrar, entre tanto pesimismo globalizado sobre Bosnia-Herzegovina, unas grietas de esperanza? Me refiero, en primer lugar, a sectores de la sociedad civil que, en los últimos años, parecen haberse movilizado, pese a todas las trabas existentes.

-En el libro hay dieciséis grietas de esperanza, y hay mucha más gente así en Bosnia. No me he dedicado a retratar excepciones. El problema está en la articulación política de todas estas personas. El problema está en que mucha de esta gente está en los márgenes, y la propia estructura de poder está diseñada de tal manera que nadie de ellos pueda entrar nunca. Porque está etnificada, porque depende de redes clientelares y porque no admite visiones heterodoxas. Cuando hablas con la gente, muy raramente encuentras a alguien que esté convencido de votar a los partidos políticos a los que vota. Hay un desengaño total, pero votas lo que votas porque no tienes nada más. Tal vez si alguien les ofreciera algo distinto… A la población se le ha impuesto una estructura, y trata de sobrevivir como puede dentro de ella. Es muy difícil articular una sociedad civil en una estructura en la que el sector público es el mayor empleador, sirve como tejedor de redes clientelares, y la mayor parte de las familias tiene como mínimo un miembro, cuando no varios, empleados en estas redes clientelares.

Foto: Ana Schulz

Sigamos, de manera un tanto ingenua, tratando de encontrar pequeñas ascuas de optimismo, incluso, en la clase política. ¿Qué ha quedado de aquel Naša stranka, que nació como un partido multiétnico, integrado, incluso, por miembros de la cultura, y que ha ido ganando terreno en algunos lugares?

-Son parte de la coalición que ahora gobierna Sarajevo. Han crecido más de lo que yo esperaba. Se extendieron, incluso, a lugares como Tuzla. Ojalá me equivoque, pero creo que se trata de un crecimiento que tiene límites por algunos motivos. El más destacado tiene que ver con un elemento muy importante en los Balcanes: el abismo entre lo urbano y lo rural. Y la configuración y percepción de Naša stranka es la de un partido muy urbano, además, de clase media-alta intelectual. Les deseo lo mejor, pero dudo que muchos de sus responsables supieran lidiar con el entorno de los pueblos.

Hablabas de esa alianza de partidos de oposición que ha supuesto que una mujer preparada, de apenas 30 años, Benjamina Karić, se convierta en alcaldesa de Sarajevo. De hecho, ha protagonizado un hecho histórico al reunirse, por primera vez en más de un cuarto de siglo, con el alcalde de Banja Luka, otro joven como Draško Stanivuković.

-Por desgracia, no representa lo mismo Benjamina Karić que Stanivuković. Ella sí que forma parte de estos entornos de Sarajevo pro bosnios, plurinacionales, multiculturales… Stanivuković, simplemente es un intento reformista, pero dentro de la República Srpska. Han intentado hacer operaciones de relaciones públicas, escenificando un diálogo, pero creo que las diferencias de fondo son grandes, más allá de lo generacional. Yo conozco a gente, en la República Srpska, que o se sienten bosnios o estarían cómodos en un partido multiétnico, pero el caso es que no existe esa opción allí. La realidad es que solo existen partidos multiétnicos en las zonas donde hay mayoría bosniaca.

¿En qué beneficia, entonces, a Stanivuković, que muestre ese acercamiento a Sarajevo?

-Bueno. No es [Milorad] Dodik, no es un garrulo, pero no veo que vaya a decir nunca que lo que ocurrió en Srebrenica fue un genocidio. No cuestiona los postulados fundamentales de la República Srpska. Y el problema es que, en la República Srpska, nadie puede cuestionar esos fundamentos, que son la limpieza étnica y el genocidio. Y, como el fundamento está podrido, nadie puede ponerlo en duda porque, si no, se hundirían los cimientos. Mira los censos en el valle del Drina, desde Foča, pasando por Višegrad, hasta Zvornik, pueblo por pueblo, y compáralos con los de antes de la guerra. Es imposible que todos esos bosniacos desapareciesen de allí. En Prijedor era imposible crear una continuidad territorial sin que todos esos bosniacos desapareciesen, y desaparecieron a través de la limpieza étnica, de los campos de concentración. Ojalá me equivoque, aquí, también, pero Stanivuković huele a cierto reformismo, pero dentro de los postulados del nacionalismo serbo-bosnio. Cuando salga un político, en la República Srpska, capaz de cuestionar los crímenes de guerra y que alguien le vote, entonces yo creeré en una renovación política. Sí, hay un hartazgo de la corrupción y del nepotismo de Dodik, pero el fondo ideológico es el mismo.

En ese trato que, seguro, habrás mantenido con generaciones nacidas después de la guerra, ¿has detectado un cambio de mentalidad con respecto a los vicios adquiridos a nivel político y étnico?

-Existe una diferencia entre el ámbito político y de los medios, que está muy etnificado, y lo que te cuenta la gente por la calle. Cuando hablas con alguien nadie te dice si los bosniacos, los serbios o los croatas son tal o cual; lo que te cuentan es que no encuentran trabajo si no se sacan el carné de tal partido o si no pagan. Y como su país no le ofrece nada, deciden irse. De eso es de lo que te habla la gente; no de la batalla de Kosovo ni nada que se le parezca. Ahí hay una brecha importante, y las generaciones más jóvenes tienen problemas materiales bastante más acuciantes,  que resuelven marchándose.

En La piedra permanece planteas esa variedad de etnias, de orígenes, de procedencias dentro de la misma Bosnia-Herzegovina, y también haces hincapié en esa suerte de nacionalidad extra: tener la condición de sarajevita. Pese a la existencia de otros núcleos de población importante como los de Banja Luka, Zenica o Mostar, ser de Sarajevo te convierte en un privilegiado. En comparación con la rivalidad o la suspicacia étnica, ¿has notado, en los últimos años, un incremento de ese enconamiento entre la capital y el resto del país?

-Siempre ha existido. Es un viejo fenómeno en los Balcanes, que antes avanzábamos, y que ya había experimentado en Sofía. Y sucede con Belgrado y con Croacia. Son países macrocéfalos capitalizados por una gran ciudad; una segunda, muy menor, y, después, la provincia profunda. En el caso de Sarajevo, esto es una tradición secular. Su propio relieve ya incita a concebirla como un todo autosuficiente; ahí, encerrada, en el valle, entre colinas. También por su variedad étnica a lo largo de la historia. No por casualidad, el libro comienza hablando de esta cerrazón; de una diversidad encerrada en unos límites; como que no es tan importante lo que seas, como que seas de Sarajevo. Con el paso de los años, y acercándonos a la actualidad, los sarajevitas de raigambre se van sintiendo más incómodos con esas trashumaciones demográficas de la guerra y esa afluencia de bosníacos de Bosnia oriental, y por la afluencia de bosníacos del Sandžak [región heredera del otomano sanjacado de Novi Pazar, actualmente repartida entre Serbia y Montenegro, con una importantísima población bosniaca y albanesa de religión musulmana]. Sigue habiendo dos categorías, digamos. Uno de mis mejores amigos, Mirza [Redžepagić, conocido guitarrista, y uno de los maestros del flamenco más reputados de los Balcanes], tú lo conoces, es del Sandžak, y como es artista y está casado con una fotógrafa famosa de Sarajevo, es, digamos, cool. Y cuando se encuentra en un círculo de estos elitistas de sarajevitas, muchas veces le suelen decir: «Es como si no fueses del Sandžak». Y eso es algo que le ofende tremendamente. Esta brecha que existe te marca, y es cierto que, a muchos sarajevitas, les parece mejor que seas un serbio de Sarajevo que un bosnio oriental.

Hablando de privilegios. Esas prerrogativas que, para el visitante habitual o casual de Sarajevo son tan especiales, posiblemente no lo sean para una persona que ha residido allí. ¿Qué costumbres, paseos, visitas a determinados lugares siguen haciéndote estremecer pese a que puedan haber devenido monotonía?

-Cualquier vista de las colinas desde la ciudad, o de la ciudad desde las colinas me sigue emocionando. Me hace sentir toda la fuerza de Sarajevo. Esta configuración tan especial que tiene, que son como pueblos pegados, los barrios, las mahalas, las mezquitas con su plaza, que llegan hasta la ciudad. Rindo un pequeño homenaje a ese entorno en el capítulo de Omar. Me encanta esa dialéctica entre el centro y las colinas.

Por cierto, ¿qué queda de esa Sarajevo moderna e hiperactiva culturalmente de los ochenta del siglo pasado? ¿Has detectado una suerte de renacimiento?

-Sí. Se sigue cultivando aquello, y se siguen cantando esas canciones, lo cual es bueno y malo. Es un buen síntoma porque significa que se guarda la memoria de aquella época, pero es malo porque significa que la renovación ha sido escasa. Si no van entrando canciones nuevas en ese repertorio, la cosa puede acabar quedando en pura nostalgia. El problema de esa renovación cultural es que no tiene ningún apoyo institucional. Aquella rebelión cultural de los ochenta, como sabes, fue tolerada por el régimen. Eran los hijos rebeldes de la clase asentada yugoslava. Sin ir más lejos, en Zabranjeno pušenje todos eran hijos de militares o funcionarios. El padre de Kusturica era un hombre un tanto heterodoxo, pero muy respetado en el Partido Comunista. Quien quiera continuar esa tradición está de espaldas, completamente, al poder. Pero, sí, existe ese clima cultural, aunque su llama es débil.

¿Crees que ese resurgimiento musical, cultural, en la actualidad, sigue estando más ligado al rock, o a unos sonidos más tradicionales, que en Bosnia-Herzegovina están viviendo una especie de reivindicación por parte de nuevas generaciones?

-El grupo más conocido de Bosnia es Dubioza kolektiv. Son herederos de aquel espíritu reivindicativo, medio provocador, con esa jerga de Sarajevo. A mí, personalmente, ya sabes que me interesa más lo que tiene que ver con una raíz más tradicional, de la renovación del Sevdah. El último disco de Damir Imamović [Singer of tales, Wrasse Records, 2020, elegido como el mejor disco europeo por Transglobal World Music Chart] ha sido tremendamente exitoso y ha ganado muchos premios a nivel internacional. Lo otro está bien, pero no deja de ser una reproducción de los modelos que se forjaron en los ochenta.

Tal y como apuntabas, intuyo que siempre le has dado una importancia vital a la cultura y a la música local a la hora de mimetizarte con los Balcanes. Te ocurrió en Bulgaria, y de hecho publicaste algunos textos sobre sonidos tradicionales, de la misma manera que ahora mencionas el tema del Sevdah. ¿Qué porcentaje ha jugado este componente a la hora de que te sintieras más a gusto en la región? ¿Ha sido determinante?

-Determinante. Tendría que hablar de literatura, pero voy a hacerlo de música. Me cuesta estar mucho en países en los que la música tradicional no sea interesante. En este sentido, Bosnia tiene mucho que ofrecer. Ya has visto que he dedicado el último capítulo del libro al Sevdah, que es una música basada en unos textos que son de una calidad exquisita. 

Precisamente, hablando de ese último capítulo, imagino que no fue casual que lo eligieras como broche perfecto. ¿Tenías claro, desde el principio, que ese emocionante homenaje, en el cual aparecen seres tan especiales y queridos como Alma, Ivana y Damir, podía convertirse en la manera ideal de cerrar el círculo?

-Desde la concepción del libro tenía claro que el Sevdah iba a protagonizar un capítulo, porque adoro la música en general (cambiaría a ciegas escribir por saber tocar bien un instrumento) y el Sevdah en particular. El género me fascinó cuando ni siquiera sabía bosnio, aunque sí búlgaro y podía entender más o menos de qué iban las canciones. Esa mezcla de profundidad y sutilidad que tiene el Sevdah siempre me ha llegado muchísimo, y buena parte de mis momentos más emocionantes en Bosnia están ligados a él. Lo que no sabía es que iba a conocer a Alma e Ivana y que, con el tiempo, iba a descubrir su historia y ese vínculo entre madre e hija más allá de las circunstancias. La música de Damir forma parte de mi vida en los Balcanes desde hace quince años, así que ha sido un placer incluirle en el libro. Y, volviendo al Sevdah, me pareció que su vitalismo trágico era la síntesis perfecta de Bosnia y, por tanto, la forma ideal de cerrar el libro. Mientras uno canta significa que está vivo a pesar de todo, y se me ocurren pocas expresiones más puras e intensas de la voluntad de vivir.

Cambiando radicalmente de tema, me gustaría que habláramos del Marc Casals anfitrión en Sarajevo. De esa continua relación con visitantes habituales o esporádicos que llegan a la zona. ¿Cómo se produce ese proceso hasta la adquisición de ese papel o cargo seminstitucional?

-La verdad, no era consciente de ello. Puede ser. Volvemos a las redes sociales y mi cierta visibilidad en ellas, ayudado por los artículos que escribo. Tal vez eso ha creado una imagen de mí como del catalán que vive en Sarajevo. Supongo que eso anima a la gente que sabe de mí, una vez viaja allí, a ponerse en contacto conmigo. Es algo que me gusta. Gracias a ello he conocido a mucha gente interesante y he hecho amigos. Es interesante poder mostrar a alguien lo que yo pueda saber. Es un privilegio poder enseñar lo mejor de tu Sarajevo. 

Foto: Ana Schulz

Has regresado al país para compartir con sus protagonistas la publicación de La piedra permanece, aunque intuyo que hay uno de tus personajes a los que te ha dolido sobremanera no poder entregar un ejemplar.

-Sí. Se lo entregué a su viuda, a Blanka. Me supo muy mal que David [Kamhi] muriese. No tengo mucha perspectiva sobre las historias que he escrito. No sé cuál es mejor, cuál es peor… Entonces, cuando me empezaron a llegar reacciones, vi que la de David era una de las que a la gente más le emocionaba, y me supo muy mal porque él era una persona con la que teníamos una relación muy íntima. Hubo un tiempo en que nos veíamos cada viernes, en la ceremonia del sabbat. Tanto, que hasta me tomaban por judío, pero yo iba porque me gustaba y por estar con él. Fue una de las primeras personas, que salen en el libro, a las que le hablé de mi proyecto. Me ha quedado una pequeña herida con esto, porque era alguien que tenía la frustración de que no se le había reconocido lo suficiente, como persona comprometida con Bosnia, con la comunidad judía, como uno de los últimos hablantes de judeoespañol en Sarajevo… Y yo siempre había pensado que, cuando se publicara este libro, a él le haría mucha ilusión. Que se cabrearía conmigo, porque era muy perfeccionista y cascarrabias, y seguro que me rectificaría muchas cosas, pero, en el fondo, le hubiese gustado porque, tal vez, aquello hubiera generado que viniesen periodistas y españoles a preguntarle a la sinagoga. Y él se hubiera sentido muy halagado. Y eso, por desgracia, no ocurrirá por culpa del covid. Afortunadamente, el libro está yendo bien, pero él no está para recoger ese fruto. Y eso me da muchísima pena.

¿Cómo han reaccionado los protagonistas con los que has podido hablar tras la publicación de La piedra permanece?

-Muy bien. Se sienten halagados y orgullosos de salir en un libro. Hay una parte de confianza por su parte, que me sorprende y me halaga. Como que saben que voy a contar sus historias de manera respetuosa y bien, porque hay vivencias muy íntimas, y algunas muy duras. Fazila, incluso, me ha pedido unos ejemplares para vender en el quiosco [del memorial de Srebrenica-Potočari]. Ellos me entregaron un tesoro. Me dieron sus vidas para que las contara. Y lo mínimo que puedo hacer es visitarles para darles las gracias y decirles que lo he hecho lo mejor que he podido.

De haber estado en la otra parte, ¿hubieras colaborado en un proyecto así?

-No. Soy muy pudoroso. Bueno, poco a poco me estoy acostumbrando a esto de la exposición. Es muy complicado, y me sorprendió cómo se abrieron, porque el bosnio suele ser bastante suspicaz, aunque es cierto que, a algunos de ellos, los conozco más de una década.

¿Qué supone, para ti, en ese trayecto vital desarrollado en Sarajevo, la culminación de este libro? ¿Hay algo de exorcismo? ¿Vislumbra un punto y aparte en tu relación con aquella ciudad o con el país?

-No hay ningún punto y aparte. Sarajevo es la ciudad de mi vida, y eso no va a cambiar nunca. Hay vínculos muy fuertes por cuestiones biográficas y, en parte, por las vivencias haciendo este libro que, para mí, son indestructibles. Por circunstancias vitales ya no estoy allí, pero todo esto que te comento me lo voy a llevar conmigo durante el resto de mi existencia. Estoy muy contento de que esta década en Sarajevo, con sus alegrías y sus sinsabores, haya dado un pequeño fruto, y que alguien lo pueda leer y pueda ver algo de la Bosnia que yo he visto.

 

 

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