César Campoy Pacheco: «Sarajevo significa Sevdah. Cada una de sus calles y barrios tiene su banda sonora particular, su sevdalinka propia.

 

Aunque sus aires modestos le impidan reconocerlo, hablamos con la referencia del Sevdah en España y una de las voces más autorizadas en España para hablar de la música en los Balcanes. Respetado y reconocido en Sarajevo, ha publicado hace poco «Sevdalinkas: 150 joyas del Sevdah»: un muestrario exhaustivo donde analiza una selección de piezas folclóricas a partir de su blog www.sevdalinkas.com.

César Campoy Pacheco lleva prácticamente una década desnudando las claves musicales, culturales, históricas y sociales del maravillloso género de las sevdalinkas. Visitante asiduo a los Balcanes, nos cuenta sus motivaciones, percepciones e impresiones, sobre su pasión personal y su razón de ser.

 

¿Cuáles son tus primeros recuerdos y vivencias balcánicas?

-Mi relación con los Balcanes, en general, y con Yugoslavia, en particular, viene de largo, desde que era un niño. No sé por qué motivo, pero siempre me atrajo todo lo que tuviera que ver con la zona. El nombre del país me maravillaba, y me llamaba mucho la atención su idiosincrasia política. Recuerdo aquella inauguración de los Juegos Olímpicos del 84, repleta de colorines y llamativas coreografías en anoraks futuristas. Siendo adolescente, esa conexión se convirtió en sana obsesión. Cuando el proceso de globalización cultural y tecnológica ni tan siquiera eran un proyecto, rebuscaba en la prensa cualquier noticia que hiciera referencia a la región y, en las librerías de lance, viejas guías de viajes, ediciones sesenteras (españolas o sudamericanas) que traducían obras de Andrić o Đilas… No le hacía asco a nada. Además, los que vivíamos en aquella Valencia de los ochenta del siglo pasado tuvimos la suerte de que la Mostra de Cinema del Mediterrani se convirtió en una ventana mágica para descubrir, tanto a los nuevos realizadores yugoslavos, como a los clásicos, porque los ciclos retrospectivos eran constantes, y las visitas de lo más granado de la Escuela de Praga, habituales. Imagínate lo que podía suponer, para un chaval de 15 o 16 años, poder empaparse, en pantalla grande, de gran parte de los filmes míticos de la Ola negra. Aquello me hizo comprender que buena parte de la cultura yugoslava jugaba en otra liga; una liga que te convertía en espectador privilegiado. Desde entonces, todo lo que tiene que ver con los Balcanes forma parte de mi vida diaria, de la rutina.

Eres un periodista especializado en música española, pero ¿de dónde surgió tu pasión por la música balcánica y, más concretamente, por la sevdalinka?

-Siempre que viajo a cualquier lugar del mundo, me gusta empaparme de los sonidos tradicionales de la zona y comprar música autóctona. Sigo haciéndolo, aunque ahora todo es más sencillo, porque todo está a un golpe de clic. Sabía de la existencia de la sevdalinka, pero podríamos decir que, oficialmente, cuando caigo rendido, es en una de mis primeras visitas a la zona, a principios de siglo. Fue en Mostar. Evidentemente, en aquella época, resultaba imposible encontrar algo editado. En un puesto callejero un paisano tenía un puñado de cedés piratas, y me hice con el ‘A gipsy legend’ que había grabado Mostar Sevdah Reunion con Šaban Bajramović. Por supuesto, aquel no era un disco de sevdalinkas, pero aquello me llevó a tratar de encontrar el mítico primer trabajo del grupo, que estaba repleto de piezas populares puestas al día. A la primera escucha quedé noqueado. Inmediatamente, me propuse investigar los orígenes de todo aquello. Las fuentes. Cuanto más rebuscaba, más prendado quedaba. Intuyo que, por deformación profesional, fui acumulando, tanto canciones, como información sobre cantantes, compositores, instrumentistas, sellos, productores… Además, afortunadamente, mi profesión me permitió ir conociendo, personalmente, a artistas relacionados con el género, acudir a conciertos y festivales, realizar reportajes y entrevistas… Y, un buen día, hace poco más de una década, pensé que era hora de dar forma a toda aquella información y ofrecerla, a todo aquel que pudiera interesarle, en un idioma, el castellano, en el cual apenas existían un par de artículos. Así nació el blog ‘Sevdalinkas’.

Si tuvieras que explicarle la sevdah a un iniciado, ¿qué le dirías?

-Más allá de los conceptos de sobra conocidos y la teoría de los cuatro humores, de los cuales se supone que el Sevdah tiene que ver con la bilis negra y la aflicción (de ahí los tópicos sobre su gran carga melancólica), le hablaría de la mezcolanza cultural que atesora. Por supuesto, el elemento oriental y el maqam son básicos para entenderlo, pero, también, la tradición de todos los pueblos que se establecieron o fueron discurriendo por la región: gitanos, centroeuropeos, judíos ibéricos… El género va asimilando todas esas influencias y las incorpora sin problemas, tanto a nivel textual, como compositivo e interpretativo. También es sorprendente la facilidad que tienen muchas sevdalinkas para, a partir de cuatro compases y dos versos, trasladarte a un lugar, a un momento histórico, a unos hechos sorprendentes, en algunos casos, incluso, lisérgicos… Buena parte de culpa de que el Sevdah atesore unos textos tan peculiares la tiene la tradición oral popular, por supuesto, pero, también, el hecho de que intelectuales prestigiosos de diversas generaciones cayeran rendidos ante su arte. Su conexión con grandes de la literatura de la zona, como Safvet-beg Bašagić, Osman Đikić, Musa Ćazim Ćatić o Aleksa Šantić es trascendental. Y en esos textos, sí, se habla mucho de amor, pero también de divagaciones existencialistas, de pasión por la tierra, de problemas domésticos, de injusticias sociales surgidas de la tradición inmovilista, de la necesidad de rebelarse ante costumbres arcaicas, ante el patriarcado, el clasismo, los prejuicios religiosos… Todo eso, y mucho más, es el Sevdah.

Tu blog sobre sevdalinkas es una referencia en la materia. ¿Cuál es tu balance después de años desgranando canción tras canción?

-No puedo estar más satisfecho. Aquello que surgió, entre otros motivos, como una suerte de exorcismo personal (el doctor Himzo Polovina, uno de los pilares de la sevdalinka, siempre defendió los efectos terapéuticos de la música), y pese a estar desarrollado en castellano (aunque es cierto que, con el tiempo, incorporé entrevistas con figuras del género, también traducidas al inglés), ha conseguido aglutinar una pequeña comunidad de fans del género, a la cual se añaden, esporádicamente, curiosos. Las visitas provienen, sobre todo, de España, los países que integraron Yugoslavia y toda América. Pero, en menor medida, también, y esto me resulta muy curioso, de lugares tan dispares como Malasia, India, Filipinas, Indonesia, Corea del Sur, Somalia, Haití, Tanzania o Camboya. Además, el canal de YouTube de ‘Sevdalinkas’ acumula más de dos millones de visitas. Todo esto me parecía inimaginable cuando comenzó a andar, en 2012. Además, como sabes, ‘Sevdalinkas’ es el germen de mi libro.

Sevdalinkas

Las sevdalinkas como cualquier género musical ha vivido una evolución. ¿En qué momento nos encontramos ahora?

-En un momento muy interesante y esperanzador. Por supuesto, hay que separar la paja del grano. Pero también hay que hacerlo cuando abordamos la edad dorada del género. A partir de mediados de los ochenta, la sevdalinka sufre un proceso de degeneración evidente. Justo después de la guerra, a finales del siglo pasado, retoma el vuelo, posiblemente ayudada de cierto sentimiento de reivindicación nacional y de recuperación de las raíces. Y el papel jugado por las nuevas generaciones es trascendental. En ocasiones se le echa en cara a Dragi Šestić su obsesión por mezclar la esencia de la sevdalinka con elementos del pop, el jazz, el rock, el swing… Para algunos, Mostar Sevdah Reunion desvirtuaron el género. Yo creo que el papel jugado por Šestićy su grupo es importantísimo, tanto a la hora de reivindicarlo, como a la hora de dotarlo de una clara proyección internacional. Además, hay trabajos de Mostar Sevdah Reunion como «Tales from a forgotten city» que evidencian el respeto del proyecto hacia el Sevdah.

Foto: Mostar Sevdah Reunion

El siglo XXI nos ha dado artistas que han conseguido reavivar la llama de la sevdalinka. Los hay de todo tipo y condición. Si quieres opciones más inmediatas tienes a gente como Divanhana, por ejemplo. Personalmente me quedo con Amira Medunjanin, convertida en diva internacional, que firmó, junto a la magnífica acordeonista Merima Ključo, uno de los trabajos más ambiciosos del Nuevo Sevdah: «Zumra». Por supuesto, también reivindico la figura del primer Božo Vrećo (con Halka y hasta la grabación de su primer disco en solitario), valiente como pocos. Damir Imamović merece un capítulo aparte. Hijo y nieto de figuras del género, no para de sorprender y revolucionar. Es un verdadero guerrillero, incansable y atrevido, que sabe rodearse de magníficos intérpretes como la magnífica violinista Ivana Đurić. Además, ha promovido la edición de trabajos de leyendas del saz como Ćamil Metiljević, y jóvenes valores como Jusuf Brkić, a cuyo listado podemos añadir nombres como los de Zanin Berbić, investigador compulsivo, como el propio Damir. Otras figuras clásicas como Avdo Lemeš o Emina Zečaj volvieron a grabar, gracias al apoyo del productor y promotor de jazz Edin Zubčević y el sello Gramofon. Además, proliferan los estudios académicos en torno al género, y el proceso de internacionalización sigue su curso de manera satisfactoria. Por si esto fuera poco, artistas de otros palos, como Boško Jovićo Mirza Redžepagić (que ha desarrollado una interesante mezcla entre flamenco y maqam) también muestran su pasión por el Sevdah. E idéntico fervor han evidenciado, puntualmente, otros músicos de la región tan reputados como Bojan Z, Miroslav Tadić o Nenad Vasilić.

Tu obra “Sevdalinkas: 150 joyas del Sevdah” es la única referencia en castellano. Es una selección de obras que consideras fundamentales. ¿Y cuál fue el criterio? ¿Qué se te ha quedado fuera?

-Tenía muy claro que debía ser una obra equilibrada en todos los aspectos: artistas célebres, pero también aquellos no muy populares, de una calidad indiscutible, prácticamente olvidados al no haber desarrollado una carrera discográfica abundante; composiciones universales, básicas, pero también piezas curiosas, minoritarias y, hasta cierto punto, de complicada asimilación; pioneros de principios del siglo XX, leyendas de la época dorada de Radio Sarajevo, pero también toda la nueva hornada, surgida en las últimas dos décadas… Intuyo que todos estos principios en los que se basa la gestación de «Sevdalinkas: 150 joyas del Sevdah», harán recelar a más de un purista. Lo entiendo, pero te puedo asegurar que ha habido un proceso de justificación meditado a la hora de seleccionar cada canción, en esa determinada versión, a partir de la ejecución de ese artista y en ese contexto temporal concreto. ¿En algunos casos se podría haber elegido una interpretación más depurada y trabajada? Posiblemente. Pero, de lo que se trataba es de crear un mosaico variado, que el lector pudiera ir construyendo a su ritmo, que recorriera las diferentes etapas por las que ha transcurrido el universo del Sevdah. Te voy a poner un ejemplo: todo lo que rodea la gestación y desarrollo de un proyecto como Dertum, el momento, el lugar y las condiciones en las cuales nace, lo que supone para el Nuevo Sevdah, su filosofía; todo ello trasciende su discutida capacidad interpretativa. Evidentemente, si queremos entender parte de la sevdalinka actual, tenían que tener su hueco.

¿Cómo tienes pensada la promoción del libro? Para que puedan saber los interesados

-La publicación del libro coincidió con esta especie de colapso mundial en el cual todavía nos hallamos inmersos. Apenas unos días después de decretarse el estado de alarma en España, teníamos prevista la presentación en la Embajada de Bosnia-Herzegovina en Madrid, así como algún proyecto más en torno a la criatura. A finales de marzo, además, viajábamos a Sarajevo, también con la intención de concretar cauces de difusión en la región. Evidentemente, todo aquello quedó en el aire. Como le sucedió a la mayoría de seres humanos del planeta, todos los planes personales y profesionales que me había propuesto para la primera mitad de 2020 saltaron por los aires. Eso hace que, hoy por hoy, haya decidido ir paso a paso, sin prisa. A medida que las sendas vayan reabriéndose y la situación lo permita, iremos replanteando la promoción y distribución.

Viajas a menudo a Sarajevo. ¿Qué significa esta ciudad para ti?

-Aunque suene exagerado, todo. Mi mujer y yo solemos decir que no viajamos a Sarajevo, sino que regresamos. Son dos décadas de relación continua. De visitas periódicas. De amistades eternas. En todos estos años hemos visto crecer a los hijos de nuestros amigos y hemos sufrido la dolorosa pérdida de alguno de ellos. La hemos visto evolucionar en muchos aspectos, y nos sigue doliendo ese perenne estancamiento propiciado, tanto por parte de su clase política, como por aspectos tribales. De todas maneras, la balanza siempre se decanta por el inimaginable grado de dignidad y tesón mostrado por muchos de sus habitantes. Sarajevo no es una ciudad fácil. Es un ser tremendamente maltratado que trata de sobrevivir supurando momentos mágicos con los que te puedes topar en una calle, una kafana, un paseo por la orilla del Miljacka, una conversación que comienza con el atardecer y se alarga hasta el amanecer… Si te atrapa, Sarajevo tira de ti de manera irremediable. En mi caso, la morriña producida por su ausencia es, en muchas ocasiones, insoportable. Ah, y, por supuesto, para mí, Sarajevo significa Sevdah. Cada una de sus calles y barrios tiene su banda sonora particular, su sevdalinka propia.

Contraportada

Una sevdalinka para cada momento: tristeza, venganza, anhelo y pasión. Recomiéndanos una canción para cada sentimiento y ¿por qué?

-Voy a recurrir a piezas relativamente conocidas y, creo, de fácil escucha. Para comenzar, estimo que pocas sevdalinkas desprenden tanta desazón, gracias a la combinación texto-música, como «Kraj potoka bistre vode». La línea melódica es brutal, y si sale de la garganta y las entrañas de Silvana Armenulić, demoledora. Narra el pesar de una joven que, junto a un arroyo, implora el retorno de su amado para así poder morir recostada en su pecho. Le sigue, muy de cerca, el «Majka Muju mladog oženila» interpretado por Muhamed Pašić Mašura y el extraterrenal tocador de saz Selim Salihović. Su letra está grabada a fuego al inicio de mi libro: a Mujo, su madre (la relación madre-hijo en el universo de la sevdalinka merece un volumen aparte) lo casa a la fuerza. Él teme que Hasna, su verdadero amor, pueda imaginárselo besando a otra, así que agarra un cuchillo y, mientras lo clava en su corazón, da instrucciones para que su cuerpo, ya sin vida, repose sobre una toalla que su Hasna le cosió bajo la luz de la luna.

Por otra parte, el elemento vengativo y de resentimiento está muy presente en el género. Hablamos de historias repletas de amores no correspondidos, otros imposibles (que acaban en suicidio, individual o colectivo), desengaños, infidelidades e, incluso, estampas realmente enfermizas como la que se nos presenta en «Evo ovu rumen-ružu», de letra, precisamente, de Bašagić. Musicalmente, es un ejemplo claro de maqam; basta con seguir la melodía para reparar en esas escalas tan típicas. En cuanto a su letra, es una de las más sobrecogedoras que se conocen: alguien envía una rosa a otro alguien, como muestra de amor. No obstante, en cierto momento, detectamos un grado evidente de resquemor cuando le dice que, en caso de no apreciar aquel presente, no tiene más que quemarlo y esparcir sus cenizas por el prado. Él vendrá después para bautizar con el nombre de «Tu odio» a aquel hongo negro que brote de los restos.

El genial compositor Rade Jovanović se especializó en idear criaturas a través de las cuales anhelar tiempos mejores, más dichosos. Y Zaim Imamovićlas cantaba como nadie. No obstante, yo me quedo con otra sevdalinka contemporánea, obra de Alajbegović y Škrba que, precisamente, bordaron, a dúo, Zaim y Safet Isović. Su nombre es «Stara staza», y su letra desesperada y melancólica es recitada por alguien que, solo y abatido, rememora épocas mejores. Es escalofriante, aunque muchos dirán que la cima del desconsuelo ante la ausencia del ser amado no es otra que la mítica «Što te nema», a partir del texto de Aleksa Šantić.

Finalmente, el arrebato pasional es otro de los ejes del Sevdah. Algunas composiciones ahondan en el elemento negativo. Hay textos muy duros, incluso de piezas muy populares, que retratan crímenes de género o agresiones sexuales. Yo prefiero quedarme con la vertiente más optimista, lúcida y esperanzadora. «Snijeg pade na behar, na voće» es una tonada animada, repleta de jugosas metáforas, convertida en canto universal al amor libre de prejuicios en torno a la raza, la religión o la condición sexual. Un clásico.

Eres un maestro en la materia en España, pero también tienes el respeto y la admiración local. ¿Cómo viven tu figura de experto y apasionado por las sevdalinkas?

-No me considero un experto en Sevdah. Cuanto más profundizas en el universo de la sevdalinka, y más vas conociéndolo, más consciente eres de que apenas sabes nada y de que todo está por descubrir. Eso la hace tan maravillosa y adictiva. Intuyo que debo parecerles un tanto exótico. Posiblemente fue ese componente extravagante lo que llevó, a algunos medios locales, a entrevistarme, a los pocos meses de nacer el blog. Las reacciones ante un primer encuentro son de incredulidad y, en ocasiones, desconfianza. Lo entiendo perfectamente. Soy consciente de que, para algunos entendidos, nunca dejaré de ser un mero aficionado. Es cierto que, cuando uno demuestra que atesora algo de conocimiento, aquella primera reacción se torna en sorpresa y, en ocasiones, en un respeto que me abruma. Hace varios años, la Embajada de Bosnia-Herzegovina en Madrid me propuso dar una conferencia sobre el tema, ante una representación de la diáspora en España. Un valenciano hablando de sevdalinkas ante un grupo de personas, muchas de ellas, mayores, cuya banda sonora de sus vidas está empapada de Himzo Polovina, Hanka Paldum, Zaim Imamović, Safet Isović, Beba Selimović… Pese a tamaña osadía, de aquella cita surgieron grandes amistades. Porque el Sevdah ha contribuido, tremendamente, a facilitar mi proceso de asimilación con el país. Tanto a nivel personal como espiritual e identitario.

¿Qué te ha aportado todo este conocimiento y experiencia vital en torno al mundo del Sevdah?

-Como te avanzaba, el Sevdah ha tenido, para mí, un gran componente terapéutico. Evidentemente, en su escucha. Pero, también, en el continuo proceso de búsqueda y asimilación. Para el amante de la investigación, el Sevdah es un pozo sin fondo muy adictivo. Todos los días descubres algo nuevo. Y, de repente, te topas con una grabación, y reparas en que, parte de esa letra o de esa melodía, están conectadas con otra pieza. Es una auténtica locura: puedes encontrar idéntica melodía con diferentes textos o textos parecidos, pero con leves modificaciones geográficas o que le dan un sentido totalmente diferente a la pieza. Y puedes encontrar idénticos textos con melodías que no tienen nada que ver entre sí… Todo esto es tremendamente frustrante pero, a la vez, ese proceso de investigación y descubrimiento constante, pese a que sabes que no es definitivo, representa, al final, una sensación de serenidad y vitalidad indiscutibles. El Sevdah es una forma de ser; sus escalas y melodías, y sus textos, plantean una manera de sentir y vivir la vida, una actitud basada en los altibajos y la bipolaridad emocionales. Pocas manifestaciones culturales, con tantos siglos a sus espaldas, pueden presumir de estar tan vivas.

 

 

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