El padre del pueblo. Historia de muchas derrotas en Belarús

El padre del pueblo. Historia de muchas derrotas en Belarús

«El padre del pueblo» es un viaje a Belarús, pero también un recorrido histórico y humano sobre la evolución del país durante las últimas décadas. Explicar una autocracia no es una tarea sencilla, y Argemino Barro nos ofrece material para dialogar con el país y con los riesgos en una democracia.

En realidad, determinadas sociedades, que se encuentran en un estado aparente de involución política, nos llevan años de ventaja. Podrían clamar al cielo para nuestra propia salvación: «venimos del futuro y lo que hemos visto no te va a gustar». La historia no es una línea necesariamente ascendente.

La nueva crónica de Argemino Barro, periodista y escritor, titulada El padre del pueblo. Un viaje a la dictadura de Bielorrusia, publicada por Siglo veintiuno editores, es una lectura sobre nuestro presente, aunque hable del pasado y de otro lugar, por lo general bastante desconocido, porque nos encamina a vislumbrar una derrota; un sentimiento, por otra parte, muy extendido en el mundo occidental, más tendente a lo apocalíptico que a lo ilusionante.

Esta fue mi primera interpretación cuando abrí las páginas del libro y una documentalista de Minsk, citada por el autor, pensaba que en su momento estaban «atascados en el pasado» cuando en realidad «iban por delante» de todos los demás. Cuántas veces he pensado que los Berlusconi, Wilders, Le Pen, Johnson o Trump se me aparecían como un sucedáneo de los Milošević, Tuđman, Šešelj, Karadžić, Izetbegović, Đukanović de los 90 balcánicos, excepto por el hecho de que los primeros surgieron en el marco de economías e instituciones más fuertes que la yugoslava, pero también en un proceso similar de crisis de valores y de oportunismo. Histrionismos, grandilocuencias, ruido en los medios y soluciones simplistas para problemas complejos.

Las derrotas

Se puede decir que Aleksandr Lukashenko en Belarús se sirvió de un sistema virgen y azorado por el colapso soviético para permanecer en el poder y, por el camino, instaurar su personalismo nacional populista (hasta ser el denominado batka), al margen de cualquier control del Parlamento. Eso fue en 1996 y estamos en 2026.

Se presume que estas son derrotas claves de una sociedad: que sus mandatarios se mantengan en el poder sine die, que el sistema convierta en clientela a un tercio de la población («si le eres leal, tienes trabajo; si no, te quedas fuera»), que no existan unas elecciones con plenas garantías y que tus votantes te tengan más miedo que admiración. El resultado es que para el autócrata los adversarios censurados, despedidos, exiliados, detenidos o asesinados, no solo son oposición y rivales, sino, sobre todo, son «perdedores».

Barro en su recorrido nos guía por esa involución; desde el aperturismo de una etapa prooccidental, hasta entregarse a los brazos de Putin. Resulta poco cuestionable que haya una involución política, aunque solo fuera desde el ámbito de las formas y la estética, pero también que hay un segmento de la población que lo consiente. Un rasgo de honestidad intelectual es buscar los términos en los que una autocracia se sostiene, porque el miedo es insuficiente. Existen otras causas que Barro detecta muy bien, a partir del primer capítulo del libro, donde se trata de visitar una comuna apartada de todo.

Explicando una autocracia

Ese apartado es revelador porque explica cómo la huida a la dacha es una experiencia de asueto, donde el ciudadano se puede quitar la máscara burocrática, para dedicarse a escribir poesía, hacer fotos, emborracharse, cocinar o comportarse con total libertad aislado de la ciudad e integrado en la naturaleza. Reconocemos imágenes de nuestra propia actualidad, que circulan en las redes sociales: la barbacoa en el campo, una tienda de campaña o un paseo con los perros. Son postales oníricas, de libertad y desahogo, pero también de despreocupación.

Tienen su reverso maldito: fuera de la sociabilidad política, de los núcleos de decisión y al margen de las instituciones, resulta imposible controlar o supervisar el poder. Es decir: se renuncia a él. No es de extrañar que en Europa del Este hubo y hay gobernantes que se hagan casi dueños y señores absolutos con un tercio de los votos y un 50% de abstención. No se trata de irresponsabilidad política, sino de que las autocracias penetran en las almas de los súbditos y no resulta fácil proyectar ningún otro futuro posible, cuando la práctica de desentenderse está instalada en los biorritmos.

La obra de Barro no solo tiene aportes de fuentes secundarias, sino que rehúye las simplezas que calificarían este panorama de mera pasividad, como abre un espacio hacia las voces conformes. En ese mismo espacio idílico se encuentran dos conciencias críticas con la autocracia, pero al mismo tiempo suspicaces con la alternativa: el capitalismo sin control también ha destruido el tejido industrial y «en Belarús no se vive tan mal».

Otro error es pensar que la autocracia solo es una herencia comunista. El padre del pueblo ofrece un serial de transformaciones y sucesos que explican su consolidación a lo largo de su historia: la sucesión de autocracias tradicionales, las relaciones ancestrales de servidumbre, la preeminencia de lo rural ante la escasez o la política de masas que generaba masacres, hambre y arbitrariedad. Se nos olvida que en Belarús la mitad de la población murió durante la Segunda Guerra Mundial, en apenas tres años. Eso marca a una sociedad, sobre todo cuando se trata de que las transformaciones no susciten inseguridades.

Frente a esa nueva losa que pesa sobre el individuo, este responde con la autonomía vital, también con la supervivencia o cualquier ascensor social, de «espaldas al sistema», como reza el testimonio de Dima. Porque si el sistema es corrupto, ¿por qué no lo voy a ser yo también? El fracaso del comunismo es más problemático por las consecuencias de su derrumbe que por su implementación; lo que provocó fue el desorden, y con ello la aparición y reproducción del blat: las actividades informales, el mercado negro o el trueque, también la delincuencia y la justicia por la propia cuenta. El texto está trufado de ejemplos.

El padre del pueblo. Historia de muchas derrotas en BelarúsPero también de alcoholismo, exaltación del folklore, la necesidad perentoria de un mundo predecible y, finalmente, de apatía, mientras no surja la violencia desaforada que llega con la desesperación más absoluta. Los regímenes autoritarios, las democracias iliberales o los sistemas híbridos saben calcular los tiempos, tomar el pulso a los límites y a la resiliencia social; lo cual no los hace menos autócratas, sino más prácticos e inmorales.

En la tragedia posyugoslava y postsoviética se mataron dos ambiciones de progreso: el fracaso del comunismo no solo fue una derrota ideológica, sino que aniquiló el mismo concepto de utopía en favor del pesimismo, y con ello cualquier idealismo, y desacreditó la alternativa basada en la certidumbre materialista, porque ni comunismo ni capitalismo cumplieron lo que prometían en según qué lugares. Ante eso, la sociedad ensalza «el brillo de la sencillez y de la autenticidad», como si se volviera a los rudimentos de una cultura primitiva, pero también más pura. En verdad, aquí estriba otra derrota: la resignación.

La represión

La última parte del libro, que salta de la segunda década del siglo XXI a 2020-2021, titulada Las espigas de trigo, es el relato de una deriva de la época primaveral de diálogo con Occidente a la renuncia a la soberanía local, para entregársela a Rusia, sobre todo tras la invasión rusa de Ucrania. Pero también de una reacción contra la apatía; señal de que cualquier sociedad evoluciona, se resiste y reacciona con más o menos éxito. Durante este periodo «más de treinta mil personas» fueron detenidas. Hay suficientes evidencias de represión y destinos trágicos entre los encarcelados y exiliados para confirmar que se trata de una dictadura, de esas que algunos alaban desde el bizarrismo, la contracorriente o la nostalgia de lo desconocido, pero en la que no sabrían vivir sin las libertades y osadías que se disfrutan y se permiten en un Estado de derecho.

Leyendo el libro de Barro, uno no puede más que empatizar con la colmena de personajes que recorre el texto. Historias de expectativas, de renuncias y de adaptación a un contexto que resulta hostil para los valientes y ambiciosos, y sobrio y acomodado para los sumisos. Un texto que se lee rápido, sin comillas ni subordinadas excesivas, muy quirúrgico en el análisis, y con la suficiente distancia para emanar objetividad, y la suficiente cercanía para saber que al autor no le dan igual el país en el que está ni los destinos de las personas a las que entrevista.

 

Miguel Roán

Balcanismos

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